LA CULPA LA TUVO EL TREN
Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp. La trama de esta historia es mía.
Aviso: Todos los cambios de escena suponen un cambio de punto de vista.
Capítulo dos: Estrellarse contra el cielo
Aquel viaje en tren cambió mi vida completamente. Nadie en su sano juicio pensaría que un trayecto de media hora entre un sitio y otro, desde la universidad y Tomoeda, y viceversa, un viaje que realizas una media de diez veces por semana, pueda llegar a ser tan trascendental. Porque nunca te imaginarías que, en esa media hora, iban a cambiar tantas cosas en mi vida...
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Recuerdo, cuando era un chiquitín de nueve años, como la vida de mi familia entera dio un giro de ciento ochenta grados. A veces, los cambios van para mejor... pero no en aquella ocasión. A mi madre la diagnosticaron un caso avanzado de cáncer. Un tumor. En el cerebro.
La salud de mi madre empeoró drásticamente. Yo la recordaba como a una mujer enérgica y optimista. Su vitalidad fue convirtiéndose en cansancio y en depresión. Mi madre, a la que yo siempre había visto con una enorme sonrisa en sus labios, se convirtió, poco a poco, en un fantasma. Mi madre ya no cantaba, ya no tocaba el piano cada tarde conmigo, ya no hacía pasteles de chocolate rellenos de mermelada de zarzamora, ya no sacaba a pasear a mi hermana todas las mañanas al parque después de dejarme en la escuela...
Mi madre ya no estaba con nosotros.
Los días, para mi familia, se hicieron insufribles. La monotonía y la tristeza se convirtieron en los monarcas de nuestra casa... cuando antes la reina había sido la alegría. La alegría nos había dejado... y poco tiempo después lo hizo mi madre.
Fue una mañana de primavera, con los cerezos que inundaban las calles de color... de paz. Mi madre dio su último suspiro una mañana pacífica, con mi padre a su lado, su rostro cubierto de lágrimas, y su mano fuertemente agarrada a la suya.
Pocos días después, la casa se llenó de personas. Algunas eran caras conocidas... otras no las había visto en mi vida. Recuerdo, sin embargo, que todas ellas nos miraban a mi y a mi hermana con ojos tristes, llenos de compasión, como si con sus irises pudieran ver realmente cuán difícil podría ser para unos chiquillos la pérdida de su madre.
A partir de ese momento, la casa pareció aun más vacía que antes. Durante aquellas semanas de agonía, mi madre había estado allí. Ahora ya no. Ahora ya no iba a ver la hermosa faz de la mujer que me dio la vida. No sentiría sus abrazos, ni sus besos, ni sus susurros, ni sus carcajadas... Mamá ya no estaba.
“Mamá ya no está, Sakura,” le decía mi padre cada día a Sakura cuando pedía a gritos que fuera ella quien le diera de comer. “Mamá está en el cielo... Está en un lugar mucho mejor... donde ya no está enferma... donde ya no siente el dolor. Está en un lugar en el que, aunque no pueda tocarte, te puede ver y ayudar...”
Sakura lo miraba directamente a los ojos, a través de sus gafas, sus mofletes mojados por las lágrimas y le respondía: “Pero ya no podré volver a verla... ¡Yo quiero verla!”
Y así fue como nació la costumbre de poner una fotografía de mamá para que la pequeña Sakura le diera los buenos días todas las mañanas. Con el paso de los años, Sakura creció y siguió saludando a nuestra madre-fotografía. Lo que Sakura no sabía entonces era que yo sí podía ver a mamá. Verla y hablar con ella.
Un adolescente como yo pensó en un principio que papá había mentido. ¡Podía ver a mamá! Él había afirmado que eso era imposible. Nos aseguró que nuestra madre estaba en un lugar mejor... ¡pero ella seguía con nosotros!
Sus palabras eran de aliento. Me hablaba para que me animara, para que me esforzara en los momentos más duros... Entonces, sus palabras fueron de consejo... de aviso. Me llamaba en ocasiones para decirme que algo bueno ocurriría pronto. Poco después conocí a Yukito al ingresar en la Secundaria Tomoeda. La primera vez que lo vi sentí algo extraño en él... Extraño pero que transmitía bondad, alegría, positivismo. Y mi hermana conoció a su vez a la pequeña y dulce Tomoyo.
Por supuesto, la primera vez que la vi fue un viernes por la tarde en casa. Sakura la había invitado a merendar. Sus impresionantes ojos me miraron fijamente aquella primera vez, desgarrando algo de mi interior, aunque no sabía lo que se llevó de mí.
Las visitas continuaron durante años. A Tomoyo se unió Shaoran, a quien yo apodé ‘el mocoso’, pues supe enseguida que se la llevaría de mi lado para hacerla feliz y afortunada... Eriol, quien acabó descubriéndose como la reencarnación del creador de las cartas esas tan raras... Meiling, la chiquilla china que acosaba al mocoso... Se me pone la piel de gallina al pensar en aquel viaje que hicimos a Hong Kong... y conocimos a las hermanas del mocoso, igualitas a la prima. ¡Y cómo olvidarme del peluche! Debo decir que el nombre que el mocoso le puso de apodo le queda muy bien...
Un día Shaoran se marchó a China y, de repente, me encontré que Tomoyo se pasaba mucho más tiempo en casa. Pero, inesperadamente (pues yo ya había perdido la capacidad de comunicarme con mamá), Shaoran volvió... para quedarse.
Y Tomoyo siguió viniendo a casa tan a menudo como le era posible. Para entonces, ella y yo ya habíamos hablado en muchas ocasiones. Yo estaba estudiando en la universidad, Yukito se había echado novia (¡Nakuru!), papá había conseguido una cátedra en la facultad, Shaoran y Sakura iban no sé a dónde... y Tomoyo se venía a casa a pasar el día, pues Sonomi, normalmente, se iba de viaje de negocios al extranjero, dejándola sola. A mí me pareció muy extraño que ella no saliera con chicos de su edad. Una noche me confesó que no lo hacía porque no conseguía ver a esos chicos más que amigos, que no se los imaginaba saliendo con ellos, cogiéndolos de la mano, besándolos...
Y para mi profunda sorpresa, esas imágenes me ponían celosos de los inexistenes novios... y me alegraban el día pues sabía que Tomoyo no salía con nadie. Y nunca salió.
Los meses pasaban y yo esperaba con impaciencia que Sakura saliera con su novio para que Tomoyo y yo nos quedáramos solos...
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Durante diez minutos me sentí como si estuviera en el cielo. Mi pelo se pegaba a la espalda de Touya, mis piernas rozaban sus caderas... y por mi cabeza sólo pasaban imágenes de los cientos de cosas que podría hacer si Touya se diera media vuelta y fuera su torso el que se pegara a mis pechos y...
El motor se paró. Y mi fantasía se vio apagada con él. Para siempre inacabada. Aunque nos vi a Touya y a mí teniendo un accidente si se nos ocurría ponernos en esa posición.
Al bajar de la moto eché mucho de menos el calor de su cuerpo entre mis piernas... bueno... Quizá no debí expresarlo con esas palabras. Lo que quiero decir es que... bueno, ya se me entiende...
Me quité el casco y lo seguí hasta la puerta de su casa. Me abrió la puerta, y como todo un caballero, me dejó pasar a mi primero. La casa estaba totalmente a oscuras. El señor Kinomoto no iba a estar con nosotros aquella noche.
Estaba de pie en el recibidor que apenas me di cuenta de cómo Touya encendió las luces y me quitó el casco de las manos para guardarlo en el armario de los abrigos. Mi mente estaba sumida en un océano de pensamientos protagonizados por mí y por Touya.
Mis calientes y excitantes pensamientos fueron, desgraciadamente (o puede que no), interrumpidos por la realidad. Sentí las manos de Touya en mis hombros y, lentamente, me despojaron de mi abrigo. Fue un movimiento tan suave, pero extrañamente seductor. Esta vez era el torso de Touya el que se enganchaba a mi espalda como una lapa. Su cálida respiración chocó con mi nuca, provocándome un cosquilleo que recorrió cada centímetro de mi piel. Pensé que Touya era como el fuego más abrasador, que te hace derretir instantáneamente, o como el hielo áspero que te da escalofríos, sacudiendo deliciosamente todo tu cuerpo.
Su cuerpo se despegó del mío para colgar el abrigo en mi perchero. Volvió de nuevo hacia mía, y esta vez lo miré girando mi cabeza hacia él. Su mano se alzó lentamente. Pensé que iba a acariciarme... Para mi decepción, Touya sólo agarró la bufanda que llevaba envuelta alrededor de mi cuello. La desenredó con suavidad, mirándome directamente a los ojos... ¡Ah, Dios mío!
No supe cómo pude aguantarme las ganas de besar aquellos labios tan sexy. Quise abandonar todas mis inhibiciones en el mismo armario donde estaba mi chaqueta, ignorar las razones que se me ocurrían para no hacerlo, y tirarme sobre él, para hacerle el amor en el suelo del recibidor.
Touya se separó para colgar la bufanda sobre mi chaqueta, y con una sonrisa, me dijo que lo siguiera a la cocina para ayudarle a hacer la cena.
Por lo bajo, murmuré: “Podría haber cenado algo delicioso si me hubiera tirado encima de ti.”
Con un suspiro lo seguí, castigándome por no haberme echado encima de aquel cuerpo diez.
A cada paso que daba, mi corazón latía más deprisa, como si éste supiera algo que yo ignoraba.
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Mi intento de seducción empezó cuando la vi sacarse el casco después de bajarse de la moto. Esa cascada del color del ébano brilló intensamente bajo los últimos rayos del sol. Nos dirigimos, al fin, hacia la puerta, la abrí, y como todo un caballero, dejé que ella entrara primero.
En ese instante sentí un apretujón en el pecho. El simple gesto de dejarla pasar primero a mi hogar me provocó una inusitada calidez en mi corazón. Me imaginé a mi mismo abriéndole la puerta a Tomoyo después de una noche en el cine... aunque en su dedo se ve el anillo que yo le habría regalado el día que le pidiera que se convirtiera en mi esposa, y que sería la puerta de nuestra casa, del hogar que formaríamos juntos... Y vi a una pequeñita en mis brazos, y, en Tomoyo, un revelador bultito a la altura de su ombligo.
Mi imaginación a mil, imparable, no dejada de enviarme destellos de mis sueños para el futuro...
Cerré la puerta a mis espaldas, y me entretuve sacándome mi chaqueta de cuero que no me di cuenta de que las luces seguían cerradas. Pulsé el interruptor y se hizo la luz. Y volví a verla, su figura recortada por los conocidos muebles del recibidor, con su abrigo aun puesto y el casco en su mano.
Decidido, coloqué mi abrigo y mi casco en el armario y me acerqué a ella para sacarle su chaqueta. Estaba tan cerca de ella que olí su fragancia, suave y alegre, dulce y sincera. Puse mis manos en sus hombros y respiré con devoción el perfume que desprendía. Mis dedos se perdieron bajo la tela de su abrigo y se la saqué, con tanta lentitud que parecía que estuviéramos en una escena a cámara lenta.
El abrigo ya fuera, noté que Tomoyo tembló bajo las palmas de mis manos. Guardé el abrigo en el armario y, al volverme, me fijé que Tomoyo llevaba bufanda. Y que me miraba fijamente. Aproximándome, mis dedos agarraron una de las puntas de la bufanda y se la desarrollé sin prisas. Mis ojos no abandonaron los suyos, hasta que la desabrigué del todo y me giré a colgar la tela.
Estando de espaldas a ella, seguro que no pudo ver mi sonrisa, llena de felicidad y de esperanza. Esperanza porque tuve la sensación de que iba a ocurrir algo bueno. Lo ‘sentí’. Eso ya era, para mí, una señal de que las cosas marchaban bien.
Me di la vuelta y la miré, preciosa como un ángel. Pasé por su lado para hacer la cena. No me sorprendió que entendiera el mensaje de esa sonrisa, pues ya teníamos muchos años de entrenamiento.
Estaba ya en la cocina cuando oí a Tomoyo detrás de mí. Juraría haber oído algo sobre una cena deliciosa.
¡Lo que daría por ir directamente al postre!
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La cena transcurrió tranquila. Touya y yo compartimos la tarea de hacer la cena. Yo hice el primer plato y él el segundo. El postre ya estaba hecho, pues Fujitaka había dejado hecha una tarta de queso en el frigorífico.
Pusimos la mesa en silencio, disculpándonos cuando nos tropezábamos... sin querer, por supuesto. Aunque no puedo negar que todos nuestros encontronazos no fueran a propósito. Y no sólo por mi parte.
Touya estuvo muy silencioso mientras hacíamos la cena, su concentración entregada a la comida al cien por cien. Yo, sin embargo, estuve más pendiente de Touya que del plato que estaba preparado.
La conversación que habíamos mantenido en el tren, tan despreocupada y divertida, había encontrado su fin al bajarnos del vagón. En la moto, la despreocupación se convirtió en excitación, una sensación que se intensificó al pisar esa casa, donde cada mirada tenía un significado secreto y profundo, que no debería tardar en descifrar. Y en aquella mesa, compartiendo una cena que habíamos preparado ambos, sentados uno delante del otro, solos, las emociones se hicieron más inestables... A mí me invadió una tensión tan insoportable que no pude probar bocado a menos que estuviera segura que Touya estaba ocupado en su ración. Si sentía una vez más aquella mirada sobre mi cuerpo, estudiando mis gestos y observando mis movimientos... Me iba a volver loca.
Como dije, una mujer no puede retener su pasión, no puede autocontrolarse teniendo a un ejemplar masculino tan perfecto de la especie humana.
Di un largo suspiro de tranquilidad cuando nos terminamos nuestras porciones de pastel y recogimos la mesa. Touya me indicó que me sentara en el salón y que esperara a que él terminara de ordenar la cocina. Mi ofrecimiento para ayudarlo fue amablemente rechazado y, a pesar de mi insistencia, Touya se negó a que moviera otro dedo, pues él me había invitado. A regañadientes, me fui al salón y me senté en el sofá, no sin encender el televisor antes. Tan entretenida estuve haciendo zapping que no oí entrar a Touya, con las mangas de su camisa arremangadas hasta los codos, sonriéndome y mirándome como si fuera el ser más bello de la Tierra.
Y la tensión que había tomado mi cuerpo aquella noche, se evaporó como el agua en una noche calurosa, y la pasión se desbordó.
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Terminé de ordenar la cocina y me acerque al salón con la única intención de invitarla a un té. Tomoyo no solía tomar nada después de cenar a menos que se encontrara mal, y aun así prefería un vaso de leche caliente con miel.
Mis inocentes intenciones se vieron destrozadas cuando la vi sentada en el sofá, mando en mano, como si no existiera otro lugar en el que ella pudiera sentirse más cómoda. A mí se me ocurrieron un par de lugares en los que se encontraría confortable, como entre mis brazos bajo la noche estrellada.
Su cabeza se giró para verme, y la sonrisa que enmarcaba su rostro desapareció al mirarme. Sus ojos se oscurecieron por el deseo...
... y mi corazón no resistió.
Notas de la autora:
Estoy muy triste, porque esta historia, aunque corta, no parece haber tenido un buen recibimiento. Solo tres personas se han interesado por ella, y esa es una de las razones por las que he tardado tanto en subir este capítulo.
Ya tengo el tercer y penúltimo capítulo escrito, y lo subiré cuanto antes reciba mensajes dándome vuestra opinión, informándome sobre aquello que os gusta y lo que no, lo que podría cambiar y lo que podría haber detallado más...
Necesito recibir vuestras opiniones... Son muy importantes para mí...
Además, he tenido que tragar con ciertos comentarios en uno de mis fics adaptados... Si habéis visitado mi perfil últimamente, sabréis a qué me refiero... También he estado enferma, por lo que no he tenido ni tiempo ni ganas para transcribir el capítulo... Ahora ya está hecho, pues una persona me lo ha pedido... Por supuesto que he cumplido con su petición.
Muchos besos,
Mery