divendres, de març 30, 2007

LA CULPA LA TUVO EL TREN. Cap3

LA CULPA LA TUVO EL TREN

Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp. La trama de esta historia es mía.

Aviso: Todos los cambios de escena suponen un cambio de punto de vista.

Capítulo tres: Cielo con estrellas

Apenas dos pasos separaban mi cuerpo del de Touya. Él estaba de pie ante mí, con un brazo alzado para acariciarme. Al fin sus dedos dieron con mi piel. No fue la mejilla, ni mi cuello. Touya se decidió por mis labios.

El dedo pulgar frotó suavemente mi labio inferior. Sus dedos siguieron el recorrido natural de mi rostro y terminaron deleitándose con mi mandíbula, bajando hasta llegar a la barbilla. Su otra mano se apoderó de mi mejilla, y con una lentitud que me impacientó hasta la médula, se arrodilló entre mis piernas abiertas. Se acomodó hasta hallar la posición adecuada, sin que sus ojos abandonaran los míos, y sin que sus dedos dejaran mi piel ardiente.

Acercó su cara a la mía, y nuestras narices se encontraron. Con una sonrisa, Touya cortó la conexión de nuestros ojos. Yo me reí, y agarré su rostro entre mis manos, y valiente, apreté mis piernas en sus costados.

No hacía ni dos horas que había soñado despierta con la posibilidad de tenerlo entre mis brazos, entre mis piernas...

Y la inacabada fantasía se desveló inaceptable... La realidad era mil veces mejor.

El frío llegó a mi rostro, pues Touya prefirió que sus manos encontraran un lugar más vasto para tocar, escogiendo inteligentemente las curvas de mis caderas. Los movimientos circulares eran firmes pero nerviosos, inseguros de que, posiblemente, yo me negara a ellos. Le iba a demostrar a Touya Kinomoto que todo lo que él hiciera me parecía genial.

Y mucho más.

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Fue muy gracioso cuando la punta de mi nariz rozó la suya. Y me encantó aún más ese contacto al oír una suave carcajada de ella. Parecía que nuestros rostros, unidos por nuestras narices, y no nuestras bocas, fuera la más dulce de las caricias.

Pero yo quería más. Y sentí que ella también.

Tomoyo me cogió las mejillas con sus manos, suaves como la porcelana, aterciopeladas como las más delicada de las telas, calientes como las brasas, y el calor encendió mi cuerpo cuando sus piernas se apretujaron en mis flancos, acercando aun más nuestros cuerpos, pero no nuestros rostros.

Contento al ver que ella me aceptaba, puse mis manos en sus caderas, un lugar que hacía muchos meses que quería explorar con mis manos, con mis ojos, con mi boca... Y empecé a acariciarla lentamente, moviendo mis manos en círculos, intentando legar a cada centímetro de su piel.

Su aliento chocaba contra mi boca, deseosa de probar su sabor, y sus manos caminaron hasta mi pelo, donde sus dedos se perdieron entre los mechones oscuros de mi cabello.

Y ella dio el primer paso.

Rozó su nariz contra la mías, ladeando la cabeza, cerrando sus ojos a la vez que yo abría los míos. Me tomaría por loco si me perdiera el rostro de esa bella mujer al besarla por primera vez.

No sé cómo, pero lo sabía... Sabía que no sería la última que tomara esos labios... pero nunca habrían más ‘primeros besos’ con ella. Y no iba a perdérmelo de ninguna manera.

Cuando sus labios se acercaron peligrosamente a los míos, supe que estábamos perdidos... Que yo estaba perdido.

Perdido de amor.

Perdido en ella.

Y, sin esperar más, la besé.

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Y, sin esperar más, me besó.

Nunca creí a Sakura cuando me narró, paso a paso, hasta el más mínimo detalle, su primer beso con Shaoran. Nunca la creí cuando dijo que sintió un millón de explosiones en su interior al sentir sus labios sobre los suyos por primera vez.

Nunca la creí. Y aun hoy sigo sin hacerlo.

Porque no sentí nada de eso al besar a Touya.

No sentí ninguna explosión cuando Touya puso sus labios sobre los míos. No sentí que todo se desvanecía a mi alrededor. No sentía a mi corazón palpitar a mil por hora. No sentí la suavidad de sus labios, la humedad de su lengua, los mordiscos de sus dientes...

...porque, simplemente, dejé de respirar.

La falta de oxígeno en el cerebro provoca esas cosas.

Estaba demasiado pendiente de Touya que no me di cuenta ni me preocupé por nada más.

No sentí mi corazón palpitar a mil por hora, porque simplemente dejó de latir. Mi cuerpo estaba demasiado preocupado con el besó que dejó de pensar en los demás órganos, al menos en aquellos que no tenían nada que ver con nuestros besos.

No sentí la suavidad de sus labios, ni la humedad de su lengua, ni sus dientes mordisquearme porque estaba, simplemente, demasiado preocupada en sentir a Touya por entero.

No sentí que todo se desvaneciera a mi alrededor porque, simplemente, desde hacía un buen rato que sólo sentía a Touya.

No sentí ninguna explosión en mi interior, porque, simplemente, experimenté lo que llaman una ‘combustión espontánea’.

No sentía nada de eso al besar a Touya, porque simplemente sólo sentía a Touya.

Y nada más me importaba.

Sólo él y yo, nuestros cuerpos danzando al son de un beso en medio del salón, con la tele en marcha y las luces bien encendidas, para que todo el barrio pudiera vernos a través de la ventana.

Y, simplemente, nada más importaba.

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Un beso se convirtió en otro, y el siguiente en uno más profundo, más íntimo, más intenso. Nuestros besos se confundían y se entretejían uno con el otro para formar el más bello de los ósculos.

Pero los besos terminaron por parecer poco. Mi cuerpo no se sentía del todo satisfecho: necesitaba a Tomoyo. Quería a Tomoyo. Deseaba a Tomoyo. Sin embargo, un haz de conciencia hizo su camino en mi cabeza, haciéndome comprender que debería esperar, no podía sucumbir a la tentación que era esa hermosa joven, por mucho que lo deseara. Tomoyo se había rendido a nuestros besos, pero seguramente no quisiera que pasara a algo más. Al fin y al cabo, sabía perfectamente que Tomoyo no había tenido nunca novio, así que estaba bastante seguro que Tomoyo seguía siendo virgen. Amaba a esa muchacha que se removía entre mis brazos, pero nunca la obligaría a hacer nada que ella no quisiera hacer.

Recuerdo que nuestros besos, rápidos e impacientes, se volvieron lentos, lánguidos, para poder descubrirnos más a fondo, y, según mi punto de vista, para calmar mis impulsos, pues ya empezaban a mostrarse indecorosamente majo mis pantalones...

Tomoyo dejó de besarme, apartando su faz de la mía, aunque sus manos seguían pegadas a mis mejillas, acariciándolas imperceptiblemente. Sus ojos los vi nublados por el mismo deseo y pasión que se habían apoderado de mía. Me miró fijamente, intentando transmitir todo lo que sentía en ese instante, perdidos el uno en el otro.

Yo le acaricié sus labios con las yemas de mis dedos, recorriéndolos y disfrutando de su color, rojos como la sangre, por la fricción de nuestros besos.

“Touya...” suspiró ella, y apartó sus manos de mi cara, llevándolas hacia mi pecho, como si quisiera comprobar que yo continuaba entre sus piernas, que nuestros besos no habían sido ni un sueño, ni una fantasía, ni una visión... Que nuestros besos no habían sido ninguna jugarreta de nuestra imaginación.

Y a pesar de que el deseo de conocer el sabor de su boca había sido saciado, me encontré en una encrucijada: mi cuerpo pedía más, pero mi cabeza decía que debía esperar.

Como caballero que me considero, hice caso a mi cabeza, a la lógica de que la decisión no era mía, sino de Tomoyo.

Nunca pensé, no obstante, que ella tomara las riendas en aquella tarde de pasión y que terminara conociendo cada centímetro de su piel.

Por eso, una alarma se encendió en mí cuando ella, en lugar de separarme de su cuerpo, me aproximó más a ella, y su manos juguetonas, en vez de volver a mis mejillas, se fueron acercando lentamente al borde de mi camisa, y sin miramientos, me la quitó...

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Una fuerza desconocida me dio valor para hacer lo que en verdad quería hacer en ese momento: desnudarlo.

Así que empecé por su camisa, que era la principal prenda que entorpecía mi exploración, mi camino hasta el paraíso.

Sabía que sería el paraíso estar con Touya. Me lo había demostrado con sus besos, que, literalmente, habían emborrachado mi sentido común. Porque no debería haber olvidado dónde estábamos: en medio del salón, con las luces encendidas y delante de la ventana que daba a la calle. Y tampoco debería haberme olvidado de que, por mucho que estuviéramos solos, Fujitaka o Sakura podrían aparecer en cualquier momento. Pero parecía que mi cabeza no funcionaba correctamente y que hubiera escogido echar a patadas hasta el último resquicio de educación, vergüenza y conciencia por aquellos mismos ventanales.

Touya no se resistió. No puso ninguna pega a que yo le sacara una a una las prendas que llevaba encima. Y él hacía lo mismo. Sus manos no se quedaron atrás, y, dulcemente, como si me estuviera pidiendo permiso, me fue despojando de mi ropa con lentitud.

Pronto nos quedamos en ropa interior, exactamente en la misma posición en la que habíamos empezado. Con coraje, decidí que ya era hora de sacarle la última pieza que le quedaba encima. Reconozco que era injusto, pues llevaba aún mi sujetador y mis braguitas, pero era tanta la impaciencia que ardía dentro de mí, que me dio exactamente igual. Y, para ser sincera, a Touya no parecía molestarle en absoluto.

Así que él se quedó en cueros, mientras yo, que aún no había mostrado todos mis encantos, miraba embelesada su fornido cuerpo. Todo él irradiaba fuerza, poder, masculinidad e infinita pasión. Su enorme cuerpo (¡todo era enorme!) dejaba ver que Touya seguía siendo aquel joven atlético que conocí a mis once años. ¡Y yo lo tenía, al fin, ante mí, dispuesto a darme el mayor de los placeres!

Y yo quería darle exactamente lo mismo. Poco a poco, mis manos abandonaron su espalda, donde habían terminado residiendo a medida que nuestros descubrimientos se hacían más atrevidos, y fueron a la mía, donde encontré el broche de mi sostén. Lo desabroché con nerviosismo, pues era la primera vez que iba a dejar que alguien viera mis partes más íntimas. Los tirantes fueron bajando lentamente por mis brazos, hasta desprenderme completamente de ellos. Y Touya descubrió cómo eran mis pechos.

“Bellísima...”, suspiró él, hipnotizado por las redondeces de mis senos, que no tardó en acariciar, besar, lamer y mordisquear.

Gemí. Gemí como jamás había gemido, como jamás imaginé que gemiría. No sólo porque Touya me acariciaba. Sino porque Touya me acariciaba.

Y sin demorarme mucho más, una vez Touya estuvo contento por la atención que había dado a mis pechos, me dejó totalmente desnuda. Totalmente expuesta a él.

Y no me refería sólo físicamente.

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Aunque eché de menos a sus pechos, me encantó lo que desentrañé bajo la fina tela de lencería que guardaba el último de sus rincones más escondidos.

Mis manos bajaron por sus costados, alejándose de sus senos, pasando por su cintura y acomodándose en sus caderas. Y mis dedos, ágiles, se deshicieron del último trozo de ropa que la cubría, bajándolo por sus piernas.

Tirándolo a mis espaldas, me acerqué a ella, aun entre sus piernas, y la sentí completamente contra mí. La besé, entregándoselo todo, y ella me respondió apretujándose a mi cuerpo, rodeando mis caderas con sus piernas, uniendo su centro palpitante con el mío.

Con cuidado la agarré para hacerla bajar del sofá y acomodándola sobre la alfombra. Cogí uno de los cojines, y lo coloqué bajo su cabeza, la miré entonces detenidamente, para asegurarme que quería, de verdad, estar conmigo. Pero sentí que una mirada no era suficiente... A pesar de los años, a pesar de que a veces podíamos conversar con sólo un intercambio entre nuestros irises, necesitaba oírlo de sus labios...

“Tomoyo...”, murmuré, a la vez que acariciaba su pelo negro, desparramado sobre la almohada. “Quiero que seas sincera... ¿estás segura que quieres hacerlo?”, le pregunté, mientras en mi cabeza repetía una y otra vez, suplicándole con mis ojos, que su repuesta fuera afirmativa.
“Touya... Llevo deseándolo desde hace mucho tiempo... Demasiado.” Tomoyo acarició mi mejilla, mi frente y volvió a bajar su mano hasta la nuca, acercándome a ella. “Más tiempo de lo que recuerdo... ¡Por favor!”, me suplicó. “No te detengas ahora, porque no lo soportaría...” Se detuvo. Su voz era suave y embriagadora. Rodeó mi cuerpo con sus piernas, y me confesó: “Te amo. Te amo, Touya...”

“Tomoyo, yo...” empecé a decir, pero su voz me detuvo.

“No sé cómo ocurrió... Y lo cierto es que tampoco me importa. Lo que sé es que me enamoré de ti, y llevo años sintiéndome así... Pero creí...”, un sollozo le impidió continuar, pero sorbió las lágrimas, y continuó firmemente: “Pero creí, siempre he creído que sólo me veías como ‘la amiga de tu hermana’, que no podías y nunca podrías verme como una mujer. Yo...”

Y esta vez fui yo quien la detuvo, besándola una y una vez más, pues no quería que sus lágrimas se apoderaran de su belleza en ese momento. Ella se sumió en mis besos, se abandonó a mis caricias... Y la hice mía.

Y cuando entraba en ella, le dije:

“Yo también te amo, Tomoyo... Yo también te amo... te amo...”

Y me enterré en ella.

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¡Touya me amaba!

No lo creía. No lo asimilaba. Pero me lo demostró haciéndome el amor.

No hubo dolor, o al menos yo no lo sentí. Estaba demasiado ocupada sintiendo otras cosas. No se me hizo extraña la presencia de Touya en mi interior. Es más, parecía que mi cuerpo estuviera modelado expresamente para que él conquistara mi feminidad por el resto de mi vida.

Y empezamos a movernos rítmicamente, un ritmo lento pero cuidadoso, y luego, sin poder evitarlo, nuestros cuerpos tomaron el control y nos abandonamos al vaivén de nuestro amor.

Me dio igual estar en el suelo del salón, con la alfombra arañándome la espalda, o que alguien pudiera descubrirnos, o que las cortinas no estuvieran corridas...

Sólo importaba que Touya y yo éramos uno.

Al fin.

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Mi pulso comenzaba a recuperar su ritmo normal. Tomoyo estaba acurrucada a mi lado, y su mano recorría mi pecho, riéndose cuando veía que me hacía cosquillas, besando mis pezones de tanto en tanto, y acariciándome partes de mi anatomía que, hasta hacía poco, habían estado poseyendo a esa mujer.

Un escalofrío atravesó su cuerpo, así que me levanté para coger una manta que siempre había sobre el brazo del sofá. Volví a su lado, y nos tapamos, disfrutando de nuestra cercanía.
Empezamos a besarnos, y yo sentí el aguijonazo de placer que anunciaba que estaba excitado otra vez. Tomoyo, por supuesto, empezó a acariciarme. Yo no me iba a quedar atrás, por lo que le devolví el gesto de la misma forma.

Pocos minutos después, Tomoyo me pidió que fuéramos a mi habitación, donde seguro que estaríamos más cómodos. Yo acepté su idea y nos levantamos del suelo. Sin perder un segundo, la levanté en mis brazos y subí por las escaleras hasta mi cuarto.

Ella no paraba de reír...

Con suma delicadeza la dejé sobre mi cama, y la observé allí, estirada entre mis sábanas, recostada en mis almohadas... Y el deseo reinó de nuevo.

Allí volvimos a hacer el amor.

Tan absortos estábamos en nosotros que no oímos la puerta principal abrirse, ni una suave exclamación de sorpresa que alguien formó al ver nuestra ropa esparcida por el suelo del salón, ni vimos a mi hermana colocar una oreja sobre mi puerta (¡voyeur!) para oír nuestros gemidos, ni a mi padre apartándola de allí para darnos privacidad, con una sonrisa en sus labios...

Estábamos ensimismados en nosotros que no oímos a nuestros corazones hacer ‘click’...

Al fin.

Notas de la autora:
¿Qué os ha parecido?
Como escritora de este capítulo debo decir que estoy muy satisfecha. Creo que he llegado a cierta maduración en este tipo de capítulos (me refiero al sexo, por supuesto) y creo que la razón de esta sensación es el punto de vista que he adoptado en esta historia.
Cuando uso la tercera persona, hay tantas cosas que decir que al final no lo abarcas todo. En primera persona parece que esa tarea se simplifica enormemente, pues transmites los pensamientos como si los estuvieras teniendo tu misma. Eso me gusta, pues parece más real, más cercano, más sincero.
Me pregunto si vosotros también lo creéis así.
Lo cierto es que este fic lo había tomado como un experimento, y parece haber dado sus frutos.
Y sólo me queda una última cosa que decir: ¿queréis un epílogo? Porque lo tengo medio escrito, pero no me acaba de gustar. Podría dejar la historia por terminada, y que vosotros os imaginarais la continuación de su historia de amor. O podría publicar otro capítulo, pero entonces tardaría algunos días (o semanas) en subirlo. Así que vosotros tenéis la última palabra.
Espero vuestros comentarios.
Muchos besos,
Mery