dilluns, de novembre 12, 2007

NUMB3RS. Cap3

NUMB3RS (12.11.07)

Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp.

Resumen: Cuento con los dedos, y siempre llego a diez.


2. Dos días

Sábado.

Me desperezo entre las sábanas blancas que cubren mi viejo colchón. Los rayos de sol traspasan sin piedad las suaves cortinas de lino que cubren las grandes ventanas de mi habitación y que dan directamente al bien cuidado jardín. Me levanto con pereza, y siento el frío que acompaña las primeras horas de una nueva mañana, y me acerco a los ventanales para mirar al exterior.

Las flores florecen con ganas esta primavera, y no puedo evitar suspirar ante la belleza que ven mis ojos. Los capullos están abiertos, recibiendo la luz del astro, que les da de alimento. Los colores son vivos y decoran con alegría la extensa superficie de tierra, cubierta por la más verde hierba. La luz juega con los colores, y a veces veo destellos de azul y de amarillo entre los finos hierbajos.

De pequeña me gustaba pensar que en el jardín vivían pequeños seres mágicos, como los gnomos, que cuidaban con esmero las flores, la hierba y los arbustos. Las hadas, que instaladas cerca del lago, se bañaban por las noches, bajo la luna llena. Los duendes, desagradables y quejicas, que rondarían por los alrededores y arrugarían la nariz y fruncirían el ceño al ver los rincones descuidados, moviendo la cabeza en desaprobación, y haciendo sonar los pequeños cascabeles que colgarían de las puntas de sus sombreros.

Una vez, con ocho años, descubrí un conejo marrón entre los arbustos. Era pequeño y tenía las orejas caídas. Roía con ganas los troncos de los árboles y se alimentaba de las hojas y los frutos de las plantas. Cogía con elegancia las hojas con su boca y mordía con energía. Recuerdo que el animalillo me miró con curiosidad, y en lugar de marcharse asustado, se acercó a mí con cautela, oliendo con su negro hocico los bordes de mis pantalones y apoyando sus patitas en mis piernas para que le ofreciera una caricia en su cabeza. El pelaje era brillante y suave, y el colorido cambiaba según los rayos del sol. Hebras de color miel y de color chocolate, algunos pelos grisáceos o negros que le conferían al roedor un aspecto único. Pero un crujido lo espantó, y se fue corriendo hacia su madriguera, donde se escondió, y nunca volví a verlo. Sin embargo, en alguna de mis escapadas, llevaba conmigo un manojo de zanahorias que robaba de la cocina y lo dejaba cerca del lugar donde había conocido al conejo. Cuando me marchaba, miraba hacia atrás con la esperanza de volver a ver esa figura recortada por el cielo azul y la hierba verde, pero mis esfuerzos eran en vano. Eso sí, las zanahorias desaparecían sin dejar rastro.

Añoro esos días de inocencia, en la que no tenía que preocuparme por mis responsabilidades y mis obligaciones.

Dejo mi lugar cerca de las ventanas para arreglarme. Era sábado, y tenía una cita. Aquella tarde sería nuestra primera cita oficial como pareja. Eran pocos los que sabían que estábamos juntos, y como me dijiste que no querías esconder nuestra relación de ninguna manera, te pedí que me llevaras al cine, o al parque, o al templo... Me dijiste que haríamos las tres cosas.

Y aquella tarde, a las cuatro, viniste a buscarme con tu moto. Esa máquina imponente en la que estabas montado te hacía lucir más salvaje y peligroso que nunca. Tus piernas sostenían el vehículo, y cuando me acerqué a ti, no te levantaste siquiera del asiento para besarme con lujuria. Al fin y al cabo, hacía casi veinte horas que no me besabas... A eso se le llama síndrome de abstinencia.

Cuando tus labios abandonaron los míos, con clara reticencia, me colocaste cuidadosamente el casco, esforzándote para no despeinarme. Una vez realizada la tarea, me senté a horcajadas en la motocicleta, y prácticamente volamos por las calles de Tomoeda hasta el centro.

Aparcaste en una zona alejada de la concurrencia de la gente, y fuimos hasta la entrada del cine cogidos de la mano. En la cola para comprar los tickets, nos encontramos con algunos de tus antiguos compañeros de instituto, y también algunos míos, quienes tuvieron más o menos la misma reacción al vernos juntos y tan acaramelados. Supongo que es una reacción normal cuando te ven besando con ansias a una jovencita que parecía tan remilgada y tímida con los demás... cosa que no me ocurría contigo.

Rechazamos las sugerencias que nos dieron para sentarnos junto a ellos con delicadeza por mi parte, y con bruta sinceridad por la tuya. Dejar claro que querías estar a solas con tu novia y que tenías ganas de enrollarte con ella fue suficiente sinceridad. Tus amigos, y los míos, seguramente pensaron que éramos unos depravados sexuales con tendencias al exhibicionismo.

Escogimos una película romántica, pues claramente querías congraciarte conmigo. Nos sentamos casi en la última fila, en uno de los laterales, y no recuerdo nada del film excepto los créditos iniciales... y los finales. Estuvimos demasiado ocupados en nosotros mismos.

A continuación, me llevaste de paseo nocturno por el parque, donde de nuevo nos encontramos con conocidos que veían con escepticismo nuestras manos unidas, y el enorme algodón de azúcar que compartíamos entre besos y miradas bajo la luz de las estrellas.

Pero no llegamos al templo... A pesar de que teníamos muchas cosas que agradecer a los dioses y a nuestros antepasados, preferimos acabar esa magnífica velada en la intimidad...

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Domingo.

Me desperezo entre las sábanas blancas que cubren mi viejo colchón. Los rayos de sol no se pierden entre la tela de las cortinas de lino que cubren los ventanales de mi habitación y que dan directamente al jardín, que cada mañana explosiona en un arco iris de colores. Esa mañana el sol prefiere esconderse entre grises nubarrones que amenazan con descargar ferozmente a lo largo del día.

Los domingos me gusta dormir hasta tarde e intentar adivinar si será un domingo de esos en que te quedas en casa bajo la calidez de una manta, o si es preferible disfrutar del día en el exterior.

Ese día de lluvia no iba a pasarlo precisamente bajo las mantas.


Es raro, pero ese día no me levanto con pereza, y no siento el frío que acompaña las primeras horas de una nueva mañana.

Pues he pasado toda la noche entre tus brazos, conociéndote como no te había conocido antes, y compartiendo suspiros y gemidos que pensé que guardaría para mí durante mucho tiempo aún.

Te remueves entre las sábanas, y con parsimonia te despiertas. Clavas tu mirada en mí, y no hago otra cosa que maravillarme por verte con los ojos pesados por la falta de sueño y tu pelo alborotado por mis dedos. Tus labios sonrosados por los besos y caricias que me regalaron en cada centímetro de mi piel.

Esta mañana no miro por la ventana, porque tu eres lo que más me interesa ver en este momento. Y con algo de torpeza, me giro hacia ti, besándote en la nariz, y me estiro sobre tu pecho, dejando que nuestros cuerpos se descubran de nuevo, igual que hicieron la noche anterior...

Sólo espero que esta noche me lleves de paseo en el jardín bajo las luna y las estrellas, y quizá veamos las hadas, los duendes y los conejos danzando y saltando entre la naturaleza, gozando de las primeras noches de primavera...

Notas de la autora: No sé que ha pasado aquí, pero me ha encantado escribir este relato. Creo que sólo he tardado una hora en escribirlo...
Como habréis podido comprobar, tardo un poco más en subir los capítulos de esta historia, pues voy escribiendo relato a relato según tengo tiempo. Espero que os está gustando, y estoy intentando complaceros con capítulos más largos, como algunos pedisteis en fics anteriores.
Os pido con todo mi corazón que me dejéis vuestros comentarios, pues me ayudan mucho a mejorar y a aprender de aquellos errores que haya podido cometer. Me gusta que me deis vuestras opiniones y que digáis lo que os gusta o no de mis historias.
Así que, sin más dilación, dejo que apretéis ese precioso botón azul que hay a continuación, y que me enviéis un review...
Saludos, Mery