diumenge, d’octubre 29, 2006

CITAS PARA TODA LA SEMANA. Cap2

CITAS PARA TODA LA SEMANA. Cap2 (26.9.06)

Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp. Es mío el argumento de esta historia.

Día 2: Cinco lagos

Martes 17 de junio

11h00- Parque Pingüino

“Mi querido hermano estaba de muy buen humor esta mañana...”, dijo Sakura mientras se terminaba su bocadillo. “Ni siquiera me ha llamado monstruo... A mí me da que algo bueno pasó anoche.”

“Anoche estuvo bien...”, contestó Tomoyo.

Sakura cerró los ojos, sonriendo a la vez. Se giró a su amiga, sentada a su derecha, que se estaba tomando tranquilamente su batido de vainilla. La miró detenidamente, observando sus facciones con toda su atención. Sí, la noche anterior estuvo bien... o eso decía su rostro.

“¿Dónde te llevo mi hermano?”

“A la Torre de Tokio”

“¡Tú nunca habías estado allí!”, exclamó muy feliz. “¿Cómo lo supo?”

“Ni idea, aunque creo que su elección de ir allí fue por él... ya sabes, siendo su lugar favorito y todo eso...”

“Entiendo... si no recuerdo mal, estuvo obsesionado durante una temporada con todo lo que tuviera relación con la Torre de Tokio, y por extensión, con la Torre Eiffel. Me tragué unos cuantos documentales hará unos años... Era la diversión que mi hermano me ofrecía todas las tardes...”

“A mí me pareció muy interesante todo lo que me explicó sobre su construcción...”

“Oh, Tomoyo, por favor... no me digas que también te has contagiado... A mí padre le pasó lo mismo...”

“No, Sakura, de verdad... Tu hermano sabe mucho sobre arte, sobre todo de arquitectura, sin duda... Me gustó todo lo que me dijo...”

Sakura puso los ojos en blanco. ¡Por supuesto que todo lo que saliera de Touya le gustaba! Se notaba de lejos que su mejor amiga estaba perdidamente enamorada... Sólo podía desear que Touya sintiera lo mismo.

Un rato después, Tomoyo y Sakura estaban en el centro de la ciudad, paseando y mirando los escaparates de cualquier tienda que se cruzara en su camino. Pero Tomoyo no estaba muy atenta. Tenía otras cosas en las que pensar. Como, por ejemplo, dónde irían esa noche. La decisión era suya... y había quedado en llamarlo. No podría tardar mucho más.

La solución llegó al pasar por delante de una agencia de viajes. Observó las fotografías que había expuestas... y se fijó en una. Irían por aquella zona...

“¿Qué miras?”, le preguntó Sakura.

“Estaba pensando adónde llevar a tu hermano esta tarde...”

“¿Y ya sabes cuál es vuestro destino?”

“Sí... más o menos.”

“No me has contado qué hicisteis... Sé que cogisteis el tren y subisteis a la torre, pero nada más. No me has dicho nada más... nada de detalles... nada de ¿besos?”

“Uno... un beso...”, dijo Tomoyo misteriosamente.

“¿Besaste a mi hermano?”, preguntó incrédula, sus ojos abiertos como platos.

“En la mejilla”, aclaró Tomoyo. “Lo besé en la mejilla, Sakura, no te sulfures... No pasó nada. Fue una velada maravillosa...”

Sakura sonrió al ver que Tomoyo también lo hacía.

“¿Por qué las risitas?”, dijo una voz a sus espaldas.

Las dos jóvenes se dieron la vuelta y se toparon con Shaoran y Yamazaki, saliendo de la pastelería. Sakura no esperó a saltar a los brazos de su novio y lo besó, sin importarle el hecho de que estaban en la calle y que dos de sus amigos presenciaban tan fogosa escena.

Tomoyo y Yamazaki cruzaron sus miradas.

“¿Dónde está Chiharu cuando la necesitas? A no ser, Tomoyo, que tú quisieras...”, insinuó Yamazaki.

“Ni lo sueñes”, le advirtió la muchacha.

Cuando el beso terminó, Shaoran suspiró:

“Me has echado de menos, por lo que veo... Aunque te vi anoche...”

“Son muchas horas separados...”, dijo Yamazaki. “La distancia, en realidad, no hace el olvido...”

“¡Qué romántico eres cuando quieres, Yamazaki!”, exclamó Tomoyo, dramatizando tal expresión al poner sus manos juntas sobre el lado izquierdo de su pecho, sobre su corazón.

“Por lo que un pajarito me ha contado, tú estás muy romántica con cierto joven que responde al nombre de Touya Kinomoto...”, bromeó Shaoran.

“¿También te besa, Tomoyo?”, preguntó Yamazaki.

“Sí que lo hace...”, respondió Sakura por ella. Aquel comentario provocó las más inquisitivas miradas de los chicos. “...en la mejilla”, continuó decepcionada.

“Cuando te bese en otro lugar, avísame, Tomoyo... que le daré un puñetazo...”

“No quiero que golpees a mi novio en potencia, Yamazaki... pero gracias por mostrarte preocupado por mí...”, dijo Tomoyo a su amigo. En el último momento, agregó: “Y ni se te ocurra ir contando mentiras sobre Touya besándome, ¿me oyes?”

“A sus órdenes, mi general”, saludando como un soldado. ”General, si me lo me permite, mi general, me voy a ir a buscar a mi novia en acto, general...”, bromeó.

“Espero que tu búsqueda sea fructífera, soldado, pero que no se dé mucho el ‘acto’”, Tomoyo le dijo siguiendo su chiste.

“Eso es algo que no se puede evitar...”

“Venga, márchate ya, Yamazaki... ya nos veremos...”, dijo Shaoran, despidiéndose de su amigo.

“Adiós, Yamazaki...”, dijo Tomoyo.

“Dale besos a Chiharu...”, dijo Sakura.

“¿Adónde se dirigen las damas?”, preguntó en uno chico que quedaba.

“Nos vamos a comer a casa... ¿te vienes?”, invitó a su novio, besándolo tiernamente en la punta de la nariz.

“No puedo... hoy llega Meiling, ¿recuerdas? Tengo que ir al aeropuerto a buscarla...”

“Lo olvidé... Salúdala de mi parte, ¿vale? Mañana pasaré a verla.” , le dijo Sakura.

“De acuerdo”, Shaoran dijo, besándola en la frente. “Te llamo por la noche... Adiós, Tomoyo...”

“Adiós, Shaoran”, se despidió Tomoyo.

“¿Nos vamos a preparar la comida?”, preguntó Sakura, viendo como se alejaba la figura de Shaoran.

“Sip... me está entrando el hambre...”, comentó Tomoyo. “Apenas cené...”

“¿No te llevó a ningún restaurante? Mi hermano puede ser muy insensible cuando quiere...”, murmuró enojada.

“Tu hermano me llevó a un restaurante precioso cerca de Shiba y pagó la cena... estaba tan nerviosa que casi no probé bocado...”

“Y eso que acabamos de comernos unos bocadillos enormes...”

“Mi estómago no tiene fondo, Sakura, pensaba que lo sabías.”

“Lo sé... siempre he pensado que invitarte a comer era una ruina... Tiemblo con sólo pensar que vas a pisar la cocina...”

“Ha, ha, ha... ¡qué graciosa!”

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13h30- Casa Kinomoto

“¿Te has quemado, Sakura?”, preguntó Tomoyo.

“No... no te preocupes, Tomoyo... sólo ha sido un roce...”, le aseguró Sakura, mostrándole la mano.

“¿Quién se ha quemado?”, preguntó la voz de Fujitaka desde la puerta de la cocina, ataviado aun con su traje y con la maleta colgada en su hombro, mirando preocupado a su hija.

“¡Hola, papá!”, lo saludó mientras iba a besarlo en la mejilla. “No ha sido nada...”

“Buenas tardes, señor Kinomoto...”, saludó Tomoyo con una breve reverencia.

“Tomoyo... ¡qué alegría verte!”, su sonrisa indicó a Tomoyo que a Fujitaka le corría por la cabeza una idea diabólica. “Y dime... ¿cómo se portó Touya? Espero que fuera todo un caballero... yo no eduque a mi hijo para que se comportara de otra forma...”

“¡Papá!”, lo amonestó Sakura. “No digas esas cosas... Touya no está aquí para que lo avergüences a él también.”

Tomoyo se rió por lo bajo.

“¿He oído mi nombre?”, dijo Touya desde la espalda de su padre, que seguía en la puerta de la cocina. A su lado estaba Yukito, que como era de costumbre, estaba sonriendo.

“¡Touya, qué bien que estás aquí! Papá quiere interrogarte.”, le dijo Sakura claramente.

Touya decidió ignorarla y se dio la vuelta para despedirse de Yukito, que se iba a buscar a Nakuru a la oficina para ir a comer con ella.

Mientras Fujitaka y Touya fueron a dejar sus maletines y a asearse, Tomoyo terminó de preparar la comida y Sakura, por el quemazón, prefirió alejarse de los fogones y poner la mesa.

Sakura ya había terminado cuando Touya entró al comedor. Su hermana lo miró con una sonrisa en su rostro, que contrariamente a lo que era habitual, no se trataba de una sonrisa traviesa, desafiante o provocante. Era una sonrisa sincera de felicidad.

“¿Necesitas ayuda, monstruo?”, le preguntó.

La cara de Sakura se desencajó al oír el desagradable mote.

“Necesito que dejes de llamarme eso...”

“Imposible.”, dijo tajantemente. “¿Dónde me siento?”, preguntó.

“Donde siempre te sientas”, contestó burlona.

Touya se sorprendió que Sakura no intentara hacer de celestina entre él y Tomoyo. Él siempre se sentaba a la izquierda de su padre. ¡Su hermana no intentaba sentarlo al lado de su amor secreto! Inaudito... totalmente inaudito.

En ese instante, Fujitaka apareció por la puerta y se sentó en su sitio. Sakura se fue a buscar las fuentes con la comida, y detrás de ella iba Tomoyo con una bandeja con cuatro sopas miso. Las colocó delante de cada servicio, llevándose de nuevo la bandeja a la cocina. En ese nanosegundo que Tomoyo estuvo en la cocina, Touya observó la estrategia de su manipuladora y querida hermana. En lugar de sentarse donde ella siempre lo hacía, es decir, delante de él, Sakura se colocó delante de su padre.

¡Qué lista era su hermana!

Tomoyo estaría sentada delante de él, de la misma manera que lo estuvo la noche anterior mientras cenaban en su restaurante favorito.

Touya decidió en ese momento que debería comprarle algo a Sakura como premio, porque si quería a un hermano nervioso que se tirara la sopa miso por encima porque éste no podía dejar de mirar a la joven de los ojos amatistas que tanto lo atraía... ¡lo había conseguido!

Porque justamente eso le había ocurrido la noche anterior. Por primera vez en su vida, Touya descubrió lo que dolía cuando un líquido caliente daba de pleno con sus partes más íntimas. Bendijo unas diez mil veces la invención de los calzoncillos, los pantalones y las servilletas.

Tomoyo reapareció en el comedor y se sentó delante de él, dedicándole una sonrisa. Y él respondió de la misma forma. Fujitaka y Sakura, por supuesto, notaron el intercambio, y tuvieron la excusa perfecta para introducir su cita como tema principal de la hora de la comida. El interrogatorio fue iniciado por un hambriento Fujitaka:

“Touya, hijo... supongo que anoche llevaste a Tomoyo a Tokio para visitar la torre, ¿no es así?”

Los tres otros comensales lo miraron boquiabiertos. Nadie le había dicho nada sobre la cita... ¿verdad?

“¿Cómo lo has sabido? Sólo Yukito sabía dónde iba a llevarla...”, confesó su hijo.

“¿Por qué crees que me llaman tu padre? Te conozco, conozco tus debilidades...” ante ese comentario dirigió una mirada que decía mucho a su hijo “conozco tus gustos, tus preferencias... Desde ese proyecto tuyo has estado maravillado con la torre de Tokio... estaba muy claro que la llevarías ahí.”

“Alguien me ha comentado algo de un beso...”, dijo Sakura en tono indiferente. Al escucharlo, la cara de Tomoyo se cubrió de un rojo tan intenso como el de la sangre. La cabeza de Touya se giró bruscamente hacia ella, y la vio cabizbaja y, sobre todo, avergonzada, seguramente maldiciendo a su amiga... Fujitaka se mostró muy interesado ante tal revelación.

“¿Un beso?”, preguntó a Touya. “¿Y estuvo bien?”

El ruido de las patas de la silla de Tomoyo al levantarse resonó por toda la sala.

“Voy a buscar el segundo plato”, les informó. Recogió los cuencos vacíos y se fue a la cocina. Para perder tiempo, se enfrascó en colocar todos los utensilios que habían usado en el lavaplatos. Desde la cocina podía oír el murmullo de sus voces, hasta que pararon. Sintiéndose más valiente, volvió al salón, sirvió la carne y se sentó en su silla.

La conversación que continuó no tuvo absolutamente nada que ver con ellos. Es más, Tomoyo apenas intervino y se dedicó a comer tranquilamente, sin mirar a los demás, manteniendo sus ojos bien fijos en el plato para evitar que éstos se desviaran al comensal que había ante ella.

Poco después del postre y de recoger la mesa, Fujitaka se marchó al salón a ver las noticias, mientras Sakura hablaba por teléfono con Shaoran. Touya se fue a su habitación y volvió un par de minutos más tarde para avisar que se marchaba a la oficina. Tomoyo lo miró atentamente desde el sofá. En un repentino ataque de atrevimiento, se levantó y fue tras él, deteniéndolo con su mano cuando estaba a punto de abrir la puerta.

“A las seis en punto aquí... Ponte calzado cómodo y coge un jersey... a menos que tengas otros métodos para evitar el frío...”, añadió con una sonrisa.

Touya pensó en la infinidad de métodos que se podían utilizar para evitar el frío... y todos ellos la incluían a ella.

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18h00

“¿No estás enfadada?”

“No...”

“¿De verdad?”

“Que no, Sakura...”

“Es que como has estado toda la tarde tan callada...”

“Tenía cosas en las que pensar”

“A ver si adivino... ¿Touya?”

“¿Eres pitonisa, Sakura?”

“A veces... cuando duermo tengo premoniciones...”

Tomoyo rió por primera vez en horas.

“No predigas nada que tenga que ver con Touya y conmigo, te lo suplico.”

“Dalo por hecho.”, le aseguró. “Esa ropa te queda bien, Tomoyo, pero creía que tenías una cita...”

“Y la tengo”

“¿Por qué vas tan poco arreglada?”

“¿Y por qué debería arreglarme tanto?”

“Para impresionar a mi hermano...”

“No tengo nada que demostrar, Sakura, excepto a mí misma. No voy a cambiar porque un chico me guste.”

Touya apareció en el salón, y le dijo a Tomoyo que ya podían irse.

“A menos que necesitemos algo más...”

“Nos vamos unas horas, Touya... no dos semanas... Los chicos podéis llegar a ser peores que nosotras...”, bromeó Tomoyo, ya más contenta.

“¡Eh!”, exclamó indignado, “¿a qué viene eso?”

Tomoyo explotó a carcajadas y simplemente abrió la puerta para salir, seguida de Touya. Los dos se despidieron de Sakura, cuya mirada los perseguía atentamente.

“¿Cómo no pude darme cuenta antes?”, murmuró en voz alta.

“Esa misma pregunta me hago yo”, dijo Fujitaka, quien la abrazaba cariñosamente por la espalda, observando como su hijo abría la verja del jardín y dejaba que Tomoyo pasara primero.

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18h10- Estación de trenes de Tomoeda

Touya observaba a Tomoyo mientras ella compraba los billetes para el tren. Había oído la conversación entre su hermana y ella, cuando hablaban de la ropa que Tomoyo llevaba para esa cita.

A lo mejor no eran tan distintos como había pensado... quizá tenían cosas en común. La noche anterior parecía que Tomoyo hubiera disfrutado mucho de aquella lección exprés en el mirador de la torre, o de la conversación tan banal que tuvieron en el restaurante, o el paseo que dieron en la silenciosa Tomoeda a volver de madrugada.

La verdad era que estaba disfrutando mucho de su compañía, y sus esfuerzos de no abrirse tanto a ella para sufrir un desengaño se fueron desmoronando rápidamente. Nadie podría resistirse a la tierna mirada, a la dulce sonrisa y a la suave voz de Tomoyo. La incógnita era descubrir las razones por las que Tomoyo se sentía atraída por él. No creía poseer ninguna cualidad que impresionara a las chicas, ni su voz era suave y nunca se había fijado en su sonrisa, pero sabía que su mirada podía transmitir mucho desprecio, sobre todo cuando el mocoso rondaba cerca de él.

Tomoyo se acercó lentamente a él, comprobando los billetes. Mirándolo, dijo:

“Tenemos que ir al andén número dos, el tren sale en cuatro minutos.”, le informó, guardándose los billetes en el bolsillo de su pantalón.

“¿Dónde vamos?”

“Como alguien dijo una vez no hace más de veinticuatro horas...”, empezó a decir dramáticamente: “’Es una sorpresa’”. Sonriendo, le ofreció su mano al joven de ojos oscuros para que se levantara del banco y dijo: “Me refería a ti, claro...”

Y se lo llevó de la mano, arrastrándolo por la estación hasta el andén número dos.

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18h45- Hakone

Touya miraba a su alrededor. ¡Cuánta gente! Se imaginó que, si en la estación ya había tanto bullicio, también encontrarían a muchos visitantes en aquella pequeña pero tan famosa, turística... y cara, ciudad.

Hakone era un pequeño pueblo muy bello, como pudo comprobar a primera vista cuando, junto a Tomoyo, abandonó la estación de trenes. La única pega que se podía encontrar era la muchedumbre...

“Siento que haya tanta gente, Touya... creí que al no ser fin de semana quizá habría venido menos gente... Evidentemente me he equivocado...”, le dijo Tomoyo muy apenada, al pie de las escaleras de la estación. “Este lugar es tan bonito... Vine una vez con mi madre cuando era más pequeña... ella venía para una entrevista con unos posibles socios... y mientras yo me quedé con las guardaespaldas, ella se pasó el día de reunión en reunión... Sin embargo, me lo pasé bien...”

“Se nota a primera vista que debe de ser un lugar precioso...”, comentó Touya, aún aturdido.

“Oye...”, empezó Tomoyo en voz muy baja, “Touya, escucha... sé que no te gustan las grandes aglomeraciones, así que... si quieres volvemos a coger el tren y vamos a otro lugar... no me importa, en serio.”

“Tomoyo... ¿verdad que tú querías venir aquí?”, le preguntó, agarrándola por los hombros y fijando sus ojos en los de ella. Tomoyo asintió. “Entonces nos quedamos... Hoy elegías tú... Tú dirás...”

La sonrisa de Tomoyo no se hizo esperar, y soltando un gritito de alegría, del cual se arrepintió al instante al ver la cara de sorpresa de Touya ante el ruidito, enredó su brazo alrededor del suyo y se lo llevó para visitar el pueblo de Hakone, al pie del Monte Fuji.

Durante su paseo, Tomoyo le iba explicando algunas cosas sobre los recuerdos que tenía de esa ciudad. Se pararon para visitar un onsen, un balneario. Allí Tomoyo le contó una experiencia que había tenido en cierta ocasión.

“No fue este balneario en concreto... pero recuerdo que mis guardaespaldas me llevaron a uno porque mi madre se encaprichó que, ya que estábamos aquí, sería bueno si lo probaba. Así que, cuando llegamos, mis escoltas me llevan al vestuario y me dicen: ‘desnúdate’. Por supuesto, yo lo hice, pero eso me extrañó... Yo creía que los balnearios eran como piscinas... no bañeras. Salimos envueltas por una toalla blanca y gorda, muy suave... y me llevaron a la zona de mujeres. Allí me hicieron sacar la toalla y entrar en el agua. Se estaba tan calentito...", Tomoyo se detuvo un momento. Señaló una zona de rocas y arbustos: “Estábamos en un onsen exterior... ¡y era invierno! Todo a mí alrededor estaba nevado... pero el agua ardía. En ningún momento sentí frío. Fue tan bonito... Los arbustos y las copas de los árboles estaban completamente blancos, y podía ver a los pájaros, volando de un lado a otro...” Tomoyo inspiró profundamente y se giró para ver a Touya, que la miraba fascinado. “Lo siento...”, dijo con una risa. “Me he emocionado...”

“No pasa nada...”, la disculpó Touya.

“¿Has... has ido a un balneario así alguna vez?”

“No... no he tenido la oportunidad.”

“Bueno... ya tengo una excusa para llevarte a uno...”

“¿Lo prometes?”, preguntó Touya.

“Sí, pero tendremos que esperar que nieve...”

“No tengo ninguna prisa...”

“Eso está muy bien...”

Caminaron un rato más, deteniéndose para visitar algunas tiendas de las que salían un minuto después porque era imposible dar un paso dentro de ellas. Llegaron hasta un pequeño mirador que daba al Monte Fuji, que se veía tras la cortina de vapor que surgía de los balnearios. Cinco minutos después, Tomoyo lo distrajo de su observación.

“Es hora de un poco de acción, ¿no te parece?”, preguntó enigmáticamente. Y con su ya característica sonrisa diabólica, preguntó: “¿montas?”

Porque iban a montar a caballo hasta el mismo monte e iban a ir hasta unos miradores, desde donde se podría ver los alrededores. Tomoyo mostró ser una gran amazona, a diferencia de su acompañante, que no parecía ser muy apto en tales actividades.

Sin poderlo evitar, Tomoyo comentó:

“Yo creía que eras un gran deportista, Touya... la hípica es un deporte.”

“No es lo mismo montar un caballo a montar una bici, Tomoyo, compréndelo... Yo no tengo el control total de este animal... una bici puedo manejarla a mi antojo. Un caballo puede tirarme de su lomo, o darme una coz... cualquier cosa...”

“Los caballos son unas bestias muy inteligentes... ¿lo sabías? Saben juzgar a las personas. No se dejan manipular por aquellas personas que no transmiten confianza y buenas intenciones...”, aquella información dejó a Touya muy rígido. Pero Tomoyo continuó: “No te preocupes... si fueras así, el caballo no te habría dejado montar en él...”

“Eso es un gran consuelo...”, bromeó.

Siguieron por el pequeño camino de tierra, sus caballos galopando sin prisas. Los jinetes miraban la belleza que había a su alrededor: las luces de las ciudades más lejanas, el sol poniéndose y provocando juegos de luces en el horizonte.

“Ayer no pudimos ver la puesta de sol... así que pensé que hoy sí que podríamos...”, dijo Tomoyo, admirando el paisaje.

Llegaron al primer de los miradores y se detuvieron, bajándose de los caballos. Sin soltar las riendas, se acercaron a la barandilla y observaron el pueblo de Hakone desde lejos. Las personas apenas se veían, pero sí las casas y los balnearios.

Tomoyo empezó a hablar, señalando diferentes puntos del horizonte:

“Una vez leí que el monte Fuji está rodeado por cinco lagos. En este lado de la montaña... bueno, del volcán, encontramos el Kamaguchiko, y más allá, el Yamanakako. Y allí,” dijo señalando hacia el este “está Tokio.”

“¿Ya habías subido al monte antes?”, le preguntó Touya, sin dejar de mirar los lagos y el cielo iluminado de por los naranjas y rojos que se reflejaban en las nubes.

“No... esta es la primera vez... Mi madre no tenía tiempo para estas salidas... y no le gustaba que mis guardaespaldas me llevaran muy lejos de ella... Era algo que siempre he querido hacer: visitar el monte Fuji.”

“Tú y tu madre... parece que no os lleváis muy bien...”

“Somos dos personas muy diferentes... con mucho carácter.”, dijo Tomoyo mirándolo a los ojos. “Tú precisamente te quejabas de esa incompatibilidad entre nosotros... pero te aseguro que si fuéramos tan distintos, no habríamos soportado la presencia del otro más de quince minutos... Eso es lo que me pasa con mi madre: hace años que no desayuno con ella, ni como, ni ceno... No tengo conversaciones con ella... está demasiado ocupada con su trabajo y con su empresa como para perder el tiempo y dedicarse a su hija... para eso están las niñeras...”

“Pensaba que habías aceptado un puesto de trabajo en la empresa...”, preguntó extrañado.

“Lo he hecho... Y empezaré a trabajar cuando haya terminado mis estudios, cosa que mi madre no quería que hiciera... quería que entrara inmediatamente... Y aun así, no tendría que responder a ella en ningún momento...”

“Si no te llevas bien con ella... no lo entiendo... ¿por qué aceptar?”

“¿Y por qué no? Mi madre sólo quiere que empiece a trabajar porque yo heredaré la empresa... quiere que aprenda para controlar el negocio a su manera... pero antes necesito algo de experiencia... Y, además...”, dijo encogiendo los hombros “pensé que sería una excusa para estar más cerca de mi madre... para conocerla y para intentar conocer lo que tanto la fascina de su trabajo...”

“¿Para conocerla... o complacerla, Tomoyo?”

“¿Complacerla?”, preguntó riendo amargamente. Touya pudo ver que unas lágrimas se asomaban en sus ojos. “Hace años que no hago algo que guste a mi madre... Lo único que le gusta de mí... ¿sabes lo que es?” Touya negó con la cabeza. “Mi voz... porque he ganado muchos concursos con el coro... y lo dejé. Lo deje porque me harté de tener que estar delante de un montón de gente que no me importa, demostrando mis habilidades, para complacer a mi madre... Me harté... me harté...”, no dejaba de repetir esa frase una y otra vez en su cabeza. “Y me harté de esperar...”, añadió en un murmullo mientras lo miraba fijamente.

“¿Esperar qué?”

“Esperar a sentirme valiente para pedirte una cita... Es el mismo sentimiento... Estoy harta de no hacer lo que quiero... Así que lo hice... me decidí a pedirte una cita... porque es lo único que he querido en mucho tiempo... Y porque siempre he querido subir al Fujisan...”, empezó a llorar. “Nunca antes he hecho lo que quería... lo que deseaba hacer... Sólo con la ropa me evadía... La moda es lo único que me ha mantenido viva... y hasta cierto punto, las películas de las que tanto te quejas...”

Touya se acercó a ella y la abrazó fuertemente, y con él pequeño cuerpo de Tomoyo en sus brazos, empezó a balancearse de un lado al otro, hasta que el rechinar de los caballos los interrumpió. Tomoyo se separó lentamente de él y lo miró. Él le secó las lágrimas con sus dedos y acarició sus mejillas.

“Gracias... siento haberme puesto a llorar...”

“No lo sientas... Tomoyo, nunca lo sientas...”

“¿Continuamos?”, preguntó con voz entrecortada

“Claro...”

Continuaron con su paseo hasta llegar al siguiente mirador, desde donde vieron como los últimos rayos de sol se escondían en el horizonte, y Tomoyo señaló los tres lagos que faltaban por nombrar: el Saiko, el Motosuko y el Shojiko. Y para sorpresa de Touya, de su mochila, Tomoyo sacó un par de bentous. Touya se quedó maravillado por la comida, pues estaba riquísima.

“¿Los has hecho tú?”, preguntó Touya, comiéndose los últimos granos de arroz.

“Sí...”, contestó muy orgullosa.

“Además sabes cocinar...”

“Me enseñó nuestra cocinera... es una mujer fantástica... y hace unos pasteles para chuparte los dedos... Un día te traeré una de sus tartas... si no te importa sufrir una subida de azúcar, claro...”

Los dos terminaron su cena en silencio, disfrutando de su compañía y de las luces que tenían ante sus ojos.

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22h30

Habían salido de la estación de trenes e iban de camino a la mansión, cuando de repente, una limusina se detuvo ante ellos. De ella salió una sonriente Meiling, quien se abrazó a Tomoyo, besándola en las mejillas y diciendo lo mucho que los había echado de menos.

“¡Meiling!”, exclamó Tomoyo al recuperarse por al achuchón que su amiga le había dado. “Cada día estás más efusiva...”

Meiling, fijándose en el acompañante masculino de su amiga, a quien reconoció perfectamente, preguntó:

“¿Salen juntos?”

La respuesta que Tomoyo dio a esa pregunta sorprendió a Touya y a Shaoran, que había salido del coche para saludarlos.

“Eso intento”, dijo Tomoyo.

“Comprendo...”, dijo Meiling, mirando a Touya de arriba abajo. “Buena elección, Tommy...”

“Tenemos que irnos, Mei...”, interrumpió Shaoran a su prima, pues se estaba dando cuenta de la vena que se le estaba formando al hermano de su novia... sólo le ocurría eso cuando él estaba ante su presencia. Aunque, por primera vez desde que lo conocía, tenía la corazonada de que su presencia no era lo que le molestaba... sino la de su entrometida prima.

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22h45- Mansión Daidouji

“No hace falta que me acompañes todas las noches hasta la puerta, Touya”

“¿Qué diría Sakura, mi padre o tu madre si te dejara sola por la calle a estas horas de la noche?”

“Te matarían...”

“Exacto.”

“Y por eso te comportas como un perfecto caballero.”

“Exacto”

“No lo haces porque te preocupas por mí, sino por lo que dirían los demás...”

“¿Qué?... No, Tomoyo... Me sentiría muy culpable si algo te ocurriera.”

“Me tratas como a tu hermana, Touya. Y eso es precisamente lo que no quiero...”, dijo Tomoyo muy molesta, sintiéndose cada vez con menos fuerzas para seguir con esas citas. Touya debería de cambiar de opinión si quería que algo ocurriera entre ambos... Tenía que dejárselo muy claro desde un principio. Derrotada, continuó: “Ya me dirás algo sobre lo de mañana... “ y sin esperar más, se despidió: “Buenas noches.”

Touya estaba muy enfadado consigo mismo...

Y no había recibido su beso de despedida.

Notas de la autora: Segundo capítulo, segundo día, segunda cita...
El Monte Fuji (o Fujisan, no Fujiyama) es el monte más alto de Japón, situado al oeste de Tokio. Nuestra querida pareja lo ha visitado un poco y han visto su primera puesta de sol juntos. El pueblo que hay al pie, a unos cuantos kilómetros, se llama Hakone, muy turístico y, por tanto, muy caro. Muy visitado, mucha gente: poca privacidad. Necesitaban su privacidad, y así que se han subido a los caballos... espero que Touya no tenga problemas con su entrepierna... Quiero comentar que desde Hakone hasta el lugar donde han alquilado los caballos, en la ‘vida real’ se debería coger un bus... Pero esto es ficción y nadie nos ha dicho que tengamos que seguirlo todo al pie de la letra...
Y hemos descubierto un poco del pasado de Tomoyo, y una razón por la que quería salir con nuestro mozo. Tomoyo sabe tirar puyas, ¿verdad?: ‘¿no eres un deportista?’
Pero, a pesar del abrazo en el mirador, Touya no ha podido conseguir su beso de buenas noches... ¿Lo conseguirá en la tercera cita?
Muchas gracias por todas aquellas personas que habéis mandado un review. Me encantan vuestros comentarios. Y ESPERO UN MONTÓN MÁS...
¡Tengo buenas noticias! Han retrasado MI proceso de matriculación por ciertas solicitudes que he tenido que hacer... así que voy a tener mucho tiempo hasta que empiece con las clases en la universidad... Si sois buenos, y dejáis reviews, actualizaré MUY rápido... Ya sabéis qué debéis hacer, entonces...
Besos y hasta el próximo capítulo... A ver si alguien adivina adónde irán. Sólo os puedo decir que, esta vez, se van un poco más lejos, hacia el norte... ¿Os suena el Parque Nacional de N...?
Mery