CITAS PARA TODA LA SEMANA. Cap6 (19.10.06)
Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp. Es mío el argumento de esta historia.
Día 6: Ultimátum
Sábado 21 de junio
7h30- Hiroshima, hotel
Decir que aquella noche había dormido como los ángeles era del todo comprensible. No sólo por la extenuante actividad en que se vio la noche anterior, sino porque había disfrutado enormemente el sueño en los brazos de la mujer que le hacía sentir tantas cosas y tan bellas.
La débil luz del sol le había despertado unos quince minutos antes, haciéndole cosquillas en la nariz. Una suave brisa le acarició su piel desnuda, piel que no había buscado la protección de la blanca sábana de algodón con la que Tomoyo se había tapado durante la noche.
Una de las largas piernas de su amante se enredaba alrededor de la tela, dejándola al descubierto. Aprovechando la ocasión, Touya había dedicado sus primeros minutos a estudiarla con detenimiento. Poco después, se había atrevido a tocar su fino pie con el suyo, notando que este, extrañamente, estaba helado.
Un suspiro interrumpió el silencio de la habitación. Touya se incorporó lentamente, hasta sentarse al borde de la cama, dándole la espalda a la joven. Tomoyo estaba echada sobre su costado izquierdo, su larga cabellera extendida por su almohada. Tomoyo olía a lavanda... y a sexo. Y eso provocaba ciertas reacciones en Touya.
Volvió a tumbarse sobre la cama, colocándose a muy cerca de Tomoyo, olvidándose por un momento de sus preocupaciones, en las que había, entre otras, cómo encarar ese día, un día muy largo, después de lo que experimentaron durante las primeras horas de la madrugada. Porque había experimentado el mayor de los placeres... y un amor más intenso de lo que nunca se habría imaginado. Aquel día, Touya debería de dejar las cosas claras, antes de que fuera demasiado tarde... y la perdiera
Su mano, temblorosa, se acercó lentamente al hombro que se asomaba debajo de la tela. Cuando sintió si pálida piel bajo su palma, Touya la deslizó a lo largo de su brazo. Al llegar a la altura del codo, la sábana se cayó sobre el colchón, dejando aquellos pechos a su merced. Desvergonzado, Touya se aproximó aún más a ella, sintiendo todo su cuerpo en contacto con el de Tomoyo, y colocó su mano sobre el pequeño pecho, y, suavemente, lo apretujó.
Un jadeo se escapó de entre los labios de la muchacha, quien, perezosa, se fue girando hasta estar tumbada sobre su espalda, mirando con ojos entrecerrados a su compañero, su sábana cubriendo sólo desde su barriga hasta los muslos. Una sonrisilla se instaló en sus labios, instándole a que Touya la besara.
El beso no se hizo esperar, y acercó sus labios a los de Tomoyo, saboreándolos profundamente. Tomoyo lo ayudó a colocarse encima, abriendo sus piernas para que él se acomodara y entrara en ella. Sin más preámbulos, la excitación de Touya se enterró dentro de ella, provocando un grave gemido que lo encendió aún más.
El movimiento de vaivén era, para Touya, una verdadera adicción, de la que nadie podría hacerle desintoxicar. Y no sólo la cadencia le hacía un fanático de esa joven, sino también su olor, una combinación de sudor y de champú de hierbas silvestres, sus ruidos por el gozo que le provocaba sentirse llena de él, y por el sonido errático de los muelles de la cama, al son de sus embestidas.
Inesperadamente, Tomoyo agarró los hombros de Touya y, ayudándose con sus piernas, le hizo darse la vuelta, quedando él debajo. Aquel cambio en el dominio de las acometidas produjo en Tomoyo unos gritos más desesperados, más vehementes y fogosos. Touya sentía cómo su amante le hacía entrar y salir de ella a su ritmo, como si Tomoyo estuviera componiendo una melodía armoniosa y deleitosa.
Pronto Tomoyo llegó al clímax, y no paró de arremeter hasta que Touya la siguió unos segundos después. Con los corazones debocados y faltos de oxígeno, Tomoyo, sin retirarlo de su interior, buscó su lugar en el pecho de Touya. Tres minutos después, Tomoyo se durmió entre sus brazos.
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8h45
Un escalofrío la despertó de un agradable sueño en el que un maravilloso Touya le hacía el amor salvajemente contra el piano que Tomoyo utilizaba para ensayar en la mansión... ¡Dios! Sólo deseaba que este sueño se volviera realidad algún día... pero cuando el piano estuviera en un salón de una vivienda más modesta, en cuya puerta principal habría colgada una placa que anunciaría ‘Touya y Tomoyo Kinomoto’, una placa que por supuesto sería realizada por la misma empresa que la placa del despacho del arquitecto.
¡Qué bonito era el mundo de los sueños!
Enterró su rostro en la almohada, que olía a Touya, y una sonrisa se coló en su boca. Se sumergió tanto como pudo entre las sábanas, pero la brisa que procedía del exterior no era el causante de aquel frío. Tomoyo estaba sola en aquella cama. ¿Dónde estaría Touya a aquellas horas?
Se recostó sobre el cabezal, y miró el reloj que había colgado sobre la puerta de la habitación. Eran las nueve menos cuarto de la mañana. Demasiado pronto para abandonar la cama después de haber agotado todas sus fuerzas... dos veces.
¡Dos veces! Había hecho el amor con Touya dos veces...
La alegría que sintió al recordar su boca y sus manos, y su cuerpo entero se esfumó de repente al darse cuenta de que habían olvidado usar cierto plástico que...
Un ruido en el balcón la apartó de sus pensamientos, y lentamente, se enrolló la sábana alrededor de su cuerpo, dejando al descubierto sus estilizados y elegantes hombros. La cabellera negra le caía por la espalda como una cascada...
Sin importarle que fuera descalza sobre la fría madera, Tomoyo se acercó a la puerta que daba el balcón. Su entrada fue recibida por la ancha espalda de Touya, quien apoyado sobre la barandilla, miraba absorto el paisaje que no habían podido disfrutar la noche anterior.
La luz del sol se reflejaba sobre los tejados, y a pesar de ser un sábado, y a tan tempranas horas, el ajetreo de la ciudad comenzaba a notarse. A lo lejos se podía ver la bahía de Hiroshima, iluminada por el astro solar.
Sin apenas hacer ruido, Tomoyo se acercó a él, poniéndose a su lado y envolviéndose con la tela. El suspiro que exhaló hizo que Touya abandonara sus cavilaciones. Tomoyo le miró, y le regaló una tímida sonrisa. Con la sábana enrollada alrededor de su cuerpo, parecía que fuera una diosa, una diosa cohibida que, a pesar de sentirse en una nube, se avergonzara de su actitud tan apasionada y desinhibida.
“He pedido el desayuno... No quería despertarte...”
Tomoyo se lo agradeció con otra sonrisa, y se escondió aun más bajo la tela que había sido testigo de su noche de pasión desenfrenada. El olor a Touya se había impregnado en ella. A Tomoyo se le ocurrió si a la gobernanta le importaría que se la llevara... si se lo pidiera correctamente...
Había cosas que aclarar primero, y Tomoyo quería respuestas. Al fin y al cabo, un hombre no podía hacerle el amor a una mujer a menos que sintiera algo por ella... ¿no es así?
“Touya...”, empezó Tomoyo en un susurro. “...yo...”
“No digas nada...”, la interrumpió él, irguiéndose ante ella. “Aún nos queda todo un día por delante...”
“Tienes razón...”
“Por cierto... ¿Dónde quieres ir?”
A Tomoyo no le hubiera parecido mala idea quedarse en aquella habitación lo que quedaba de día... lo que quedaba de fin de semana.
Pero la actitud de Touya la frenó.
Un mal presentimiento se hizo presa de su corazón, e intentó reprimir las lágrimas que amenazaban en inundar sus mejillas. Touya daba la impresión de que estaba arrepentido por lo que había ocurrido entre ellos...
¡Pero si todo había ido bien!
Se había precipitado... Seguro que al verse acorralado por ella, Touya se había rendido a sus pies... Un hombre no puede decir que no a una mujer que se entrega por completo... ‘Aunque sólo sea por una noche’ había dicho. ‘Aunque sea una sola vez’.
Ahora le hubiera gustado no haber pronunciado esas palabras.
Pero lo hecho, hecho está.
Y sin que Touya se percatara, Tomoyo se protegió el vientre fuertemente bajo la sábana.
“Kioto... Volvamos a Kioto”
Al menos no tendría que pasar el día recorriendo las calles que le hacían recordar el atisbo de felicidad y plenitud que había sentido...
Para Touya sólo había sido un error.
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11h30- Monte Hiei
A las diez menos cuarto llegaron a la estación de trenes de Hiroshima para coger el tren que, minutos después, salía hacía Kioto. Durante el viaje apenas se hablaron. Se sentaron juntos, uno al lado del otro, pero no parecían la pareja que horas antes habían hecho el amor con tanto fervor.
En la estación de Kioto, guardaron en consigna su equipaje. De esa forma, no tendrían que ir con las bolsas de arriba abajo mientras hacían turismo por la ciudad, y las recogerían antes de coger el tren bala hacía Tokio aquella tarde. Cogieron un tren de la línea JR que los llevaría al monte Hiei.
Hacía pocos minutos que habían llegado al monte, situado al nordeste de Kioto. Pasearon por la falda del monte hasta llegar al famoso templo de Enryaku-ji, fundado durante finales del siglo octavo y comienzos del noveno por Saicho, que introdujo la secta budista Tendai a Japón desde China. Es uno de los templos más significativos en la historia japonesa, y sirve como la base de la secta Tendai, popular entre la aristocracia de la época y que sirvió como fundamento para varias sectas posteriores.
Después de recorrer el templo, siguieron los caminos de peregrinación por los templos, hasta que se salieron de la ruta para perderse por el lugar. El monte Hiei era un lugar muy tranquilo y poco frecuentado, por lo que apenas se encontraron con personas durante el paseo, sustituidas por los templos budistas que había desperdigados por todo el monte.
Tomoyo encontró la paz que su corazón buscaba durante ese paseo, a pesar de estar tan cerca de la fuente de sus problemas. En la mente de Touya había pensamientos muy contradictorios. Sabía que se había comportado de una manera muy fría aquella mañana... pero no creyó que Tomoyo le negaría su voz de una forma tan tajante. Durante el desayuno que compartieron supo que ese iba a ser un día muy largo, y que muchas decisiones habían de tomarse a partir de la puesta de sol.
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13h00
“¿Nos detenemos a comer, Touya?”, preguntó la joven secamente, sin siquiera dirigir una mirada a su acompañante.
“Por supuesto... ¿dónde nos sentamos?”
“Ahí mismo”, dijo Tomoyo, indicando dos rocas separadas que había junto al camino de arena.
No se fijó si Touya la seguía, pero Tomoyo escogió la roca más lisa para aposentarse, y sacó de su mochila dos bentous, uno de los cuales colocó descuidadamente sobre la otra roca.
A Touya le molestaba su actitud, pero sabía que Tomoyo estaba molesta, asqueada y muy, muy decepcionada. Quería decirle algo que la tranquilizara, pero no sabía qué.
Touya cogió su comida y se sentó en la roca, ignorando el dolor que sentía en el trasero al clavársele la dura piedra. Touya mordisqueó su comida mientras miraba a su alrededor. No podían haber elegido una vista mejor. Desde sus improvisados asientos se veía los alrededores... todo Kioto. La ciudad seguía trabajando... y ellos estaban en un lugar apartado disfrutando de las vistas... aunque no sabía si su acompañante lo disfrutaba de la misma forma. A su derecha se alzaba un precioso y pequeño templo que se escondía entre los árboles. Touya carraspeó, y tragándose lo que tenía en la boca, se dirigió a su compañera.
“Hace un día excelente, ¿verdad?”, Touya creía que para entablar una buena conversación con alguien poco hablador se tenía que introducir el tiempo como tema introductorio. “Esta mañana pensé que tal vez haría algo de frío... Veo que me he equivocado.”
“Mmmm...”
Si el tiempo no funcionaba...
“La comida es excelente... ¿dónde hemos parado a comprarlos?”, cuestionó señalando sus bentous.
No obtuvo respuesta.
“¿Te has fijado en la vista?”
“Mmmm...”
“Estás realmente charlatana hoy...”, dijo sarcástico.
“Como tú.”
“Vaya, al fin me contestas... No me has dirigido la palabra en toda la mañana...”
Tomoyo alzó su cabeza para mirarlo fijamente por primera vez en horas. Sus ojos brillaban intensamente...
“Eso es porque esta mañana me has dejado muy claro que no dijera nada... ¿O es que no te acuerdas...? ‘No digas nada Tomoyo... Aún nos queda todo un día por delante...’”, imitando su voz.
“Vaya... pues lo siento mucho si te he molestad en algo...”
“Lo que ocurre es que ‘nada’ de lo que has hecho... de lo que hemos hecho me ha molestado, Touya... Lo que ocurre es que parece que a ti sí te ha molestado porque no quieres hablar de ello...”
“Tomoyo, yo no quiero que pienses que me...”
“No lo estropees más, por favor...”
“Pero...”
“Estamos en un lugar sagrado... y no me apetece discutir contigo”
“No estamos discutiendo...”
“A mí me parece que sí, porque tampoco estamos de acuerdo...”, dijo Tomoyo, terminándose su comida. “Disfrutemos de lo que queda de día. Yo te prometo que no te ignoraré más...”
“¿Crees que cometimos un error anoche, Tomoyo?... ¿Eso es lo que crees?”
“No, Touya...”, murmuró Tomoyo, dejando escapar unas lágrimas de sus ojos amatistas. “Lo que creo es que hemos cometido otro tipo de error...”, dijo bajando el tono de voz.
Touya no supo qué contestar a eso, no sabía a qué se refería. Así que prefirió callarse y rezar por que Tomoyo lo perdonara por lo que fuera que había hecho.
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14h50- Pagoda de Toji
Aún algo incómodos por la extraña conversación que habían mantenido, y aún más extrañados porque no habían llegado a ninguna conclusión, Tomoyo y Touya se dirigieron desde la estación hasta Toji o Templo del Este, un templo budista de la secta de Shingon en Kioto.
Les ofrecieron una guía en la que descubrieron que una vez hubo levantado otro templo, llamado Saiji o Templo del Oeste, construidos junto al Rashomon, la puerta de la capital.
Toji había sido fundada por el sacerdote Kobo Daish en el siglo octavo en nombre del emperador, y cuya principal función era proteger la nación.
La construcción más famosa del templo era la pagoda, de 57 metros de altura, la más alta de todo Japón, dividida en cinco pisos. A continuación se informaba sobre la historia de las pagodas, una evolución de las stupas indias. Debido a la altura de dichas construcciones, estas tienden a atraer los rayos, por lo que se consideraban como edificios con una gran carga espiritual. Muchas pagodas, como la de Toji, tienen en el techo un pararrayos. Este pararrayos, al que se le llama ‘finial’, tiene, además, un significado simbólico en el Budismo, por lo que a veces también se decora con diseños de flor de loto.
Las stupas indias fueron concebidas como estructuras en cuyo interior se resguardaban reliquias sagradas. En el interior de la Pagoda de Toji se podían encontrar esculturas budistas, tanto en el salón como en la sal de lectura.
Por su importancia espiritual e histórica, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad, junto a otros tesoros de la Prefectura de Kioto. Hoy es considerado un oasis de calma en el centro de Kioto.
Al salir de Toji se encontraron con una agradable sorpresa con la que no habían contado. Un gran mercadillo estaba montado alrededor del templo, los vendedores exponiendo y ofreciendo sus artículos, como ropa, zapatos, esculturas, e incluso habían paradas donde se vendía comida y plantas.
Se dedicaron a recorrer los pasillos a rebosar de gente que formaban las hileras de paradas. Todo el mundo se detenía a comprar algún detalle, y, por supuesto, Tomoyo no pudo evitar gastarse unos cuantos yenes en detalles para su madre y Sakura. Y, olvidándose de su mal humor, convenció a Touya de que comprara una escultura budista a su padre y una planta a Yukito. En una de las paradas, Tomoyo se quedó mirando una miniatura pintada por un autor desconocido. Tanto la hipnotizó la escena, que Touya no pudo contener las ganas y se la obsequió. Como recompensa, recibió un beso en la mejilla y una franca sonrisa.
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19h00- Kiyomizudera, Kioto
Kiyomizudera, o Templo de Agua Pura es el nombre de varios templos budistas, aunque en la mayor parte de los casos se refiere al Otowasan Kiyomizudera en la zona este de Kioto, fundado en 780 y asociado a la secta de Hosso.
Se enteraron, además, que el recinto sagrado de Kiyomizudera fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994 y que el templo se encontraba en la lista de candidatos a ‘Nuevas Siete Maravillas del Mundo’ propuesta por la New Open World Foundation del suizo Bernard Weber.
El templo ofrecía, según Tomoyo, una extraordinaria vista de Kioto desde su famosa terraza de madera, construida sobre la colina y sustentada por cientos de pilares.
“Una leyenda del lugar dice que si saltas por la terraza y sobrevives la caída, tu deseo se hace realidad. Según esto”, decía Touya mientras señalaba una placa “durante el periodo Edo se contabilizaron 234 saltos, de los cuales más del 85% sobrevivieron...”
“Te aseguro que yo no pienso intentarlo...”, contestó Tomoyo mientras miraba la densa vegetación que había colina abajo.
“Como si yo te fuera a dejar... ¿Qué diría tu madre si te llevara a casa con el cráneo abierto?”
Fingiendo pensárselo mucho, Tomoyo dijo:
“Que no le mancharas la alfombra de sangre...”, bromeó.
Siguieron paseando por la terraza, y salieron por una pequeña calle con tiendas de recuerdos y muchos restaurantes. En uno de los pabellones, los dos, hambrientos, se detuvieron para saborear unos deliciosos fideos.
Pasearon por el resto del complejo y observaron los edificios, la mayoría construidos en 1663, y descubrieron el santuario Jishu, dedicado a Okuninushino-Mikoto, un dios del amor. Cerca de ese templo vieron cómo las personas hacían cola para caminar con los ojos cerrados de una roca a otra. Como decía la leyenda, si lo conseguías, encontrabas el amor. Si en cambio, para conseguirlo necesitas ayuda, significaba que el amor se encontraría gracias a un intermediario.
Bajo el gran salón se halla la cascada Otowa-no-taki, en el que tres canales de agua llegan a un pozo. Tomoyo y Touya se acercaron para verlo y observaron a muchos de los visitantes recoger el agua de la cascada con copas de metal.
“El agua de esta cascada es terapéutica...”, comentó Touya. “Si bebes agua de los tres canales consigues salud, longevidad y éxito en los estudios...”
Tomoyo murmuró algo, que Touya no pudo oír. Si hubiera podido leerle los labios, habría adivinado lo que Tomoyo había susurrado: ‘Yo necesito suerte en el amor... tu amor’
“¿Qué has dicho, Tomoyo?”, preguntó Touya, deteniéndose a su lado, mirándola fijamente.
“Nada...”, miró su reloj, y después alzó la cabeza para disfrutar de la puesta de sol.
“¿Nada? No te creo...”
Inspirando profundamente, Tomoyo se giró lentamente para encararlo. Su rostro mostraba la seriedad de lo que iba a decir a continuación...
“Touya... Esta semana me lo he pasado muy contigo... Te he conocido mucho... y no puedo decir que lo que he descubierto de ti me haya desagradado... sino todo lo contrario...”, detuvo su parlamento para aclarar las ideas, y continuó. “A pesar de lo que ocurrió anoche... y esta mañana, yo... tú... me sigues gustando... Me gustas más... pero tengo la sensación que esta semana no ha hecho que tu cambiaras de opinión...”
“No es que no haya cambiado de opinión, Tomoyo, pero debes entender...”, la interrumpió Touya.
“Lo entiendo, lo entiendo... de verdad. Pero déjame que acabe antes de que me arrepiente y no diga lo que quiero decir... Hoy ha sido muy extraño, pensé que habías visto por fin algo de mí que te gustara, pero... Quizá me equivoqué al pedirte que salieras conmigo... Me precipité y ahora... Ahora no sé cómo mirarte... No sé si mirarte como el hermano mayor de mi amiga o como... como... Entiendo que tú sólo puedas verme como la mejor amiga de Sakura... Lo entiendo. Pensé que... Me equivoqué, y lo siento si te lo he hecho pasar mal estos últimos días, porque no era mi intención. Sólo espero que, al menos, te lo hayas pasado bien recorriendo medio Japón conmigo... Yo me lo he pasado muy bien... Anoche... anoche todo fue maravilloso...”, Touya abrió la boca para hablar, pero ella se lo impidió. “Fue maravilloso, y sé que te lo supliqué... Me hiciste sentir una verdadera mujer, independiente y segura de sí misma... sexy... algo que nunca antes había sentido... y no sabes cuánto te agradezco que no me rechazaras... porque entonces sí que no sé qué demonios se me habría pasado por la mente...”
Tomoyo sintió cómo los dedos de Touya se deshacían de las lágrimas que corrían por sus mejillas. Ella se abrazó a su pecho, enterrando su cara en la calidez de su cuerpo, intentando dejar de llorar. Las grandes manos de Touya le peinaban su cabello, y le acariciaban la espalda, reconfortándola.
Touya no podía decir palabra. Sólo podía pensar que Tomoyo creía que se había equivocado... Se había equivocado al decirlo que le gustaba...
Y la propia inseguridad de Touya no le permitía asegurarle a Tomoyo que nada había sido un error. Que aquella semana había sido la mejor de su vida, que había compartido los mejores momentos de esos días junto a ella, que al fin sabía lo que era el amor, que al fin sabía cómo demostrar el amor... Pensó en sus besos, en sus sonrisas, en sus caricias y en la forma en que habían hecho el amor.
¿No volvería a ocurrir?
¿Nunca más compartirían cenas en Shinjuku o comidas sentados en dos incómodas rocas mirando el paisaje?
¿Paseos por el jardín botánico o subir el Monte Fuji a caballo o darle de comer a los peces?
¿No irían a pasar algún fin de semana juntos a los balnearios de Hakone, como Tomoyo le había prometido, y a ver la puesta de sol desde lo alto de la Torre de Tokio como él había sugerido en su primera cita?
¿No volvería a hacerle el amor?
Y su corazón le gritaba que abriera la boca y le dijera que harían todas esas cosas... juntos.
Pero, como un rayo, escenas del pasado, de su relación fallida... de su primer desengaño amoroso que tanto daño le causó... ¿Y si con Tomoyo ocurría lo mismo que con Kaho y Touya no era capaz de amarla como se merecía, de demostrarle sus sentimientos y de pasar el resto de sus vidas juntos...
Sintió cómo Tomoyo se separaba de él. Ella lo miró vergonzosamente, una triste sonrisa asomándose por las comisuras de sus labios...
“Mañana te estaré esperando en el Parque Pingüino, hasta las ocho de la noche. Si a esa hora no estás allí, te prometo que no volveré a molestarte con mis estúpidas ideas y sueños ilusos de una vida perfecta juntos...”
“Tomoyo...”
“Touya, yo lo quiero todo... Pero no quiero las cosas a medias... No lo soportaría... Porque lo cierto es que te amo más que a nada en este mundo... Y lo quiero todo... o no quiero nada.”
El silencio reinó entre ellos durante unos segundos. Tomoyo se alejó de él y empezó a andar hasta la salida del templo.
“Perderemos el tren... Touya.”
Y, en los oídos del joven, aquellas últimas palabras tenían un sentido muy diferente.
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1h10- Mansión Daidouji
Dos horas de tren bala que fueron pasadas en total silencio, cada uno sumidos en sus pensamientos. Ninguno de los dos durmió, ninguno de los dos hizo nada excepto estar sentados y ver por las ventanas las luces de las ciudades que iban dejando de largo.
Para Touya aquellas luces eran Tomoyo, quien irremediablemente se estaba escapando de entre sus dedos, como la fina arena de la playa, que se escurre sin que puedas evitarlo. Si hubiera dicho esas mismas palabras...
‘Yo también te amo...’
Sonaban muy bien en su cabeza... pero no podía decirlas en voz alta.
‘Cobarde... Eres un cobarde’
Y sabía que la voz de su conciencia, que siempre había sonado como Yukito, tenía toda la razón del mundo.
Al menos tenía un día, al término del cual debería ya tener una decisión, una decisión de la que nunca se arrepintiera.
Al llegar a Tomoeda, vieron las calles vacías e inundadas en la oscuridad.
Como cada noche, Touya la acompañó hasta su casa. No había abrazos ni roces, sino incomodidad.
La puerta de la verja se abrió, y Tomoyo se giró para darle las buenas noches. En el segundo que sus ojos se encontraron con los de Touya, Tomoyo dejó caer su maleta al suelo y se puso de puntillas, uniendo sus labios con los de Touya en un beso profundo y arrollador.
El beso supo a despedida en los labios de Touya...
Cuando se separaron, Tomoyo tenía sus mejillas arreboladas y sus ojos cristalinos por las lágrimas que querían liberarse. Sus labios, teñidos de rojo por la pasión, se entreabrieron para dejar escapar sus palabras...
“Touya, no cometas un error... Por favor...”
Y se fue.
Y Touya se quedó allí parado, sintiendo aquellas palabras martillear su cabeza fuertemente.
Notas de la autora:
No pensaba añadir una escena lemon al inicio del capítulo, pero no he podido evitarlo. Supongo... perdón, SÉ que eso no os preocupa en absoluto. ¿Os ha gustado? Porque a mí me ha encantado escribirla.
Hoy es un día lluvioso en Barcelona. Son las diez y media de la noche, y yo acabo de terminar con el lemon del capítulo. Mientras tanto, tengo la radio puesta, escuchando cómo el Barça pierde ante él Chelsea en la previa de la Champions League. Hace una hora, justamente, yo llegaba a casa después de ver la película The Guardian en el cine con mi madre. Os la recomiendo, aunque seguro que algunos la habréis visto ya.
Con tanta emoción, entenderéis que, después de la película y de ver que mi equipo pierde 0-1 cuando sólo quedan dos minutos para que el árbitro señale el final del partido, me haya dado por escribir tales cosas. Si todo va bien, me pasaré las siguientes dos horas tecleando en mi ordenador para dar forma al penúltimo capítulo de esta historia. (NA: Os recuerdo que empiezo a escribir las notas a medida que escribo una escena y la termino.)
Bueno, las diez y treinta y cuatro y el FCB definitivamente ha perdido.
¿Dramática la última parte, verdad?
Debo decir que no estaba muy inspirada. Se me bloqueó el ordenador y todo le que había escrito hasta Toji se me borró, así que tuve que repetirlo, por eso mis (desgraciadamente) pocas ganas y mal humor. (Ninguna de mis historias pasa por las manos de un beta, por cierto... Aunque la verdad es que a mí me gustaría serlo... Si estáis interesados, sólo debéis pedírmelo. Ya lo hice con una autora en inglés, y creo que hice un buen trabajo... Claro que el inglés no lo domino tanto como el español o el catalán...)
Un beso de despedida... como el de TT...
¿Será el último?
Si queréis saber cómo terminar esta historia de amor, por favor dejadme un montón de reviews... A ver si llego a los cuarenta antes del próximo capítulo...
¿Alguien sabe a qué error se refiere Tomoyo cuando hablan sobre la noche anterior? Espero haber dejado suficientes pistas... A ver quién lo adivina.
¡Besos, y muchos REVIEWS!
Mery
Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp. Es mío el argumento de esta historia.
Día 6: Ultimátum
Sábado 21 de junio
7h30- Hiroshima, hotel
Decir que aquella noche había dormido como los ángeles era del todo comprensible. No sólo por la extenuante actividad en que se vio la noche anterior, sino porque había disfrutado enormemente el sueño en los brazos de la mujer que le hacía sentir tantas cosas y tan bellas.
La débil luz del sol le había despertado unos quince minutos antes, haciéndole cosquillas en la nariz. Una suave brisa le acarició su piel desnuda, piel que no había buscado la protección de la blanca sábana de algodón con la que Tomoyo se había tapado durante la noche.
Una de las largas piernas de su amante se enredaba alrededor de la tela, dejándola al descubierto. Aprovechando la ocasión, Touya había dedicado sus primeros minutos a estudiarla con detenimiento. Poco después, se había atrevido a tocar su fino pie con el suyo, notando que este, extrañamente, estaba helado.
Un suspiro interrumpió el silencio de la habitación. Touya se incorporó lentamente, hasta sentarse al borde de la cama, dándole la espalda a la joven. Tomoyo estaba echada sobre su costado izquierdo, su larga cabellera extendida por su almohada. Tomoyo olía a lavanda... y a sexo. Y eso provocaba ciertas reacciones en Touya.
Volvió a tumbarse sobre la cama, colocándose a muy cerca de Tomoyo, olvidándose por un momento de sus preocupaciones, en las que había, entre otras, cómo encarar ese día, un día muy largo, después de lo que experimentaron durante las primeras horas de la madrugada. Porque había experimentado el mayor de los placeres... y un amor más intenso de lo que nunca se habría imaginado. Aquel día, Touya debería de dejar las cosas claras, antes de que fuera demasiado tarde... y la perdiera
Su mano, temblorosa, se acercó lentamente al hombro que se asomaba debajo de la tela. Cuando sintió si pálida piel bajo su palma, Touya la deslizó a lo largo de su brazo. Al llegar a la altura del codo, la sábana se cayó sobre el colchón, dejando aquellos pechos a su merced. Desvergonzado, Touya se aproximó aún más a ella, sintiendo todo su cuerpo en contacto con el de Tomoyo, y colocó su mano sobre el pequeño pecho, y, suavemente, lo apretujó.
Un jadeo se escapó de entre los labios de la muchacha, quien, perezosa, se fue girando hasta estar tumbada sobre su espalda, mirando con ojos entrecerrados a su compañero, su sábana cubriendo sólo desde su barriga hasta los muslos. Una sonrisilla se instaló en sus labios, instándole a que Touya la besara.
El beso no se hizo esperar, y acercó sus labios a los de Tomoyo, saboreándolos profundamente. Tomoyo lo ayudó a colocarse encima, abriendo sus piernas para que él se acomodara y entrara en ella. Sin más preámbulos, la excitación de Touya se enterró dentro de ella, provocando un grave gemido que lo encendió aún más.
El movimiento de vaivén era, para Touya, una verdadera adicción, de la que nadie podría hacerle desintoxicar. Y no sólo la cadencia le hacía un fanático de esa joven, sino también su olor, una combinación de sudor y de champú de hierbas silvestres, sus ruidos por el gozo que le provocaba sentirse llena de él, y por el sonido errático de los muelles de la cama, al son de sus embestidas.
Inesperadamente, Tomoyo agarró los hombros de Touya y, ayudándose con sus piernas, le hizo darse la vuelta, quedando él debajo. Aquel cambio en el dominio de las acometidas produjo en Tomoyo unos gritos más desesperados, más vehementes y fogosos. Touya sentía cómo su amante le hacía entrar y salir de ella a su ritmo, como si Tomoyo estuviera componiendo una melodía armoniosa y deleitosa.
Pronto Tomoyo llegó al clímax, y no paró de arremeter hasta que Touya la siguió unos segundos después. Con los corazones debocados y faltos de oxígeno, Tomoyo, sin retirarlo de su interior, buscó su lugar en el pecho de Touya. Tres minutos después, Tomoyo se durmió entre sus brazos.
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8h45
Un escalofrío la despertó de un agradable sueño en el que un maravilloso Touya le hacía el amor salvajemente contra el piano que Tomoyo utilizaba para ensayar en la mansión... ¡Dios! Sólo deseaba que este sueño se volviera realidad algún día... pero cuando el piano estuviera en un salón de una vivienda más modesta, en cuya puerta principal habría colgada una placa que anunciaría ‘Touya y Tomoyo Kinomoto’, una placa que por supuesto sería realizada por la misma empresa que la placa del despacho del arquitecto.
¡Qué bonito era el mundo de los sueños!
Enterró su rostro en la almohada, que olía a Touya, y una sonrisa se coló en su boca. Se sumergió tanto como pudo entre las sábanas, pero la brisa que procedía del exterior no era el causante de aquel frío. Tomoyo estaba sola en aquella cama. ¿Dónde estaría Touya a aquellas horas?
Se recostó sobre el cabezal, y miró el reloj que había colgado sobre la puerta de la habitación. Eran las nueve menos cuarto de la mañana. Demasiado pronto para abandonar la cama después de haber agotado todas sus fuerzas... dos veces.
¡Dos veces! Había hecho el amor con Touya dos veces...
La alegría que sintió al recordar su boca y sus manos, y su cuerpo entero se esfumó de repente al darse cuenta de que habían olvidado usar cierto plástico que...
Un ruido en el balcón la apartó de sus pensamientos, y lentamente, se enrolló la sábana alrededor de su cuerpo, dejando al descubierto sus estilizados y elegantes hombros. La cabellera negra le caía por la espalda como una cascada...
Sin importarle que fuera descalza sobre la fría madera, Tomoyo se acercó a la puerta que daba el balcón. Su entrada fue recibida por la ancha espalda de Touya, quien apoyado sobre la barandilla, miraba absorto el paisaje que no habían podido disfrutar la noche anterior.
La luz del sol se reflejaba sobre los tejados, y a pesar de ser un sábado, y a tan tempranas horas, el ajetreo de la ciudad comenzaba a notarse. A lo lejos se podía ver la bahía de Hiroshima, iluminada por el astro solar.
Sin apenas hacer ruido, Tomoyo se acercó a él, poniéndose a su lado y envolviéndose con la tela. El suspiro que exhaló hizo que Touya abandonara sus cavilaciones. Tomoyo le miró, y le regaló una tímida sonrisa. Con la sábana enrollada alrededor de su cuerpo, parecía que fuera una diosa, una diosa cohibida que, a pesar de sentirse en una nube, se avergonzara de su actitud tan apasionada y desinhibida.
“He pedido el desayuno... No quería despertarte...”
Tomoyo se lo agradeció con otra sonrisa, y se escondió aun más bajo la tela que había sido testigo de su noche de pasión desenfrenada. El olor a Touya se había impregnado en ella. A Tomoyo se le ocurrió si a la gobernanta le importaría que se la llevara... si se lo pidiera correctamente...
Había cosas que aclarar primero, y Tomoyo quería respuestas. Al fin y al cabo, un hombre no podía hacerle el amor a una mujer a menos que sintiera algo por ella... ¿no es así?
“Touya...”, empezó Tomoyo en un susurro. “...yo...”
“No digas nada...”, la interrumpió él, irguiéndose ante ella. “Aún nos queda todo un día por delante...”
“Tienes razón...”
“Por cierto... ¿Dónde quieres ir?”
A Tomoyo no le hubiera parecido mala idea quedarse en aquella habitación lo que quedaba de día... lo que quedaba de fin de semana.
Pero la actitud de Touya la frenó.
Un mal presentimiento se hizo presa de su corazón, e intentó reprimir las lágrimas que amenazaban en inundar sus mejillas. Touya daba la impresión de que estaba arrepentido por lo que había ocurrido entre ellos...
¡Pero si todo había ido bien!
Se había precipitado... Seguro que al verse acorralado por ella, Touya se había rendido a sus pies... Un hombre no puede decir que no a una mujer que se entrega por completo... ‘Aunque sólo sea por una noche’ había dicho. ‘Aunque sea una sola vez’.
Ahora le hubiera gustado no haber pronunciado esas palabras.
Pero lo hecho, hecho está.
Y sin que Touya se percatara, Tomoyo se protegió el vientre fuertemente bajo la sábana.
“Kioto... Volvamos a Kioto”
Al menos no tendría que pasar el día recorriendo las calles que le hacían recordar el atisbo de felicidad y plenitud que había sentido...
Para Touya sólo había sido un error.
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11h30- Monte Hiei
A las diez menos cuarto llegaron a la estación de trenes de Hiroshima para coger el tren que, minutos después, salía hacía Kioto. Durante el viaje apenas se hablaron. Se sentaron juntos, uno al lado del otro, pero no parecían la pareja que horas antes habían hecho el amor con tanto fervor.
En la estación de Kioto, guardaron en consigna su equipaje. De esa forma, no tendrían que ir con las bolsas de arriba abajo mientras hacían turismo por la ciudad, y las recogerían antes de coger el tren bala hacía Tokio aquella tarde. Cogieron un tren de la línea JR que los llevaría al monte Hiei.
Hacía pocos minutos que habían llegado al monte, situado al nordeste de Kioto. Pasearon por la falda del monte hasta llegar al famoso templo de Enryaku-ji, fundado durante finales del siglo octavo y comienzos del noveno por Saicho, que introdujo la secta budista Tendai a Japón desde China. Es uno de los templos más significativos en la historia japonesa, y sirve como la base de la secta Tendai, popular entre la aristocracia de la época y que sirvió como fundamento para varias sectas posteriores.
Después de recorrer el templo, siguieron los caminos de peregrinación por los templos, hasta que se salieron de la ruta para perderse por el lugar. El monte Hiei era un lugar muy tranquilo y poco frecuentado, por lo que apenas se encontraron con personas durante el paseo, sustituidas por los templos budistas que había desperdigados por todo el monte.
Tomoyo encontró la paz que su corazón buscaba durante ese paseo, a pesar de estar tan cerca de la fuente de sus problemas. En la mente de Touya había pensamientos muy contradictorios. Sabía que se había comportado de una manera muy fría aquella mañana... pero no creyó que Tomoyo le negaría su voz de una forma tan tajante. Durante el desayuno que compartieron supo que ese iba a ser un día muy largo, y que muchas decisiones habían de tomarse a partir de la puesta de sol.
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13h00
“¿Nos detenemos a comer, Touya?”, preguntó la joven secamente, sin siquiera dirigir una mirada a su acompañante.
“Por supuesto... ¿dónde nos sentamos?”
“Ahí mismo”, dijo Tomoyo, indicando dos rocas separadas que había junto al camino de arena.
No se fijó si Touya la seguía, pero Tomoyo escogió la roca más lisa para aposentarse, y sacó de su mochila dos bentous, uno de los cuales colocó descuidadamente sobre la otra roca.
A Touya le molestaba su actitud, pero sabía que Tomoyo estaba molesta, asqueada y muy, muy decepcionada. Quería decirle algo que la tranquilizara, pero no sabía qué.
Touya cogió su comida y se sentó en la roca, ignorando el dolor que sentía en el trasero al clavársele la dura piedra. Touya mordisqueó su comida mientras miraba a su alrededor. No podían haber elegido una vista mejor. Desde sus improvisados asientos se veía los alrededores... todo Kioto. La ciudad seguía trabajando... y ellos estaban en un lugar apartado disfrutando de las vistas... aunque no sabía si su acompañante lo disfrutaba de la misma forma. A su derecha se alzaba un precioso y pequeño templo que se escondía entre los árboles. Touya carraspeó, y tragándose lo que tenía en la boca, se dirigió a su compañera.
“Hace un día excelente, ¿verdad?”, Touya creía que para entablar una buena conversación con alguien poco hablador se tenía que introducir el tiempo como tema introductorio. “Esta mañana pensé que tal vez haría algo de frío... Veo que me he equivocado.”
“Mmmm...”
Si el tiempo no funcionaba...
“La comida es excelente... ¿dónde hemos parado a comprarlos?”, cuestionó señalando sus bentous.
No obtuvo respuesta.
“¿Te has fijado en la vista?”
“Mmmm...”
“Estás realmente charlatana hoy...”, dijo sarcástico.
“Como tú.”
“Vaya, al fin me contestas... No me has dirigido la palabra en toda la mañana...”
Tomoyo alzó su cabeza para mirarlo fijamente por primera vez en horas. Sus ojos brillaban intensamente...
“Eso es porque esta mañana me has dejado muy claro que no dijera nada... ¿O es que no te acuerdas...? ‘No digas nada Tomoyo... Aún nos queda todo un día por delante...’”, imitando su voz.
“Vaya... pues lo siento mucho si te he molestad en algo...”
“Lo que ocurre es que ‘nada’ de lo que has hecho... de lo que hemos hecho me ha molestado, Touya... Lo que ocurre es que parece que a ti sí te ha molestado porque no quieres hablar de ello...”
“Tomoyo, yo no quiero que pienses que me...”
“No lo estropees más, por favor...”
“Pero...”
“Estamos en un lugar sagrado... y no me apetece discutir contigo”
“No estamos discutiendo...”
“A mí me parece que sí, porque tampoco estamos de acuerdo...”, dijo Tomoyo, terminándose su comida. “Disfrutemos de lo que queda de día. Yo te prometo que no te ignoraré más...”
“¿Crees que cometimos un error anoche, Tomoyo?... ¿Eso es lo que crees?”
“No, Touya...”, murmuró Tomoyo, dejando escapar unas lágrimas de sus ojos amatistas. “Lo que creo es que hemos cometido otro tipo de error...”, dijo bajando el tono de voz.
Touya no supo qué contestar a eso, no sabía a qué se refería. Así que prefirió callarse y rezar por que Tomoyo lo perdonara por lo que fuera que había hecho.
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14h50- Pagoda de Toji
Aún algo incómodos por la extraña conversación que habían mantenido, y aún más extrañados porque no habían llegado a ninguna conclusión, Tomoyo y Touya se dirigieron desde la estación hasta Toji o Templo del Este, un templo budista de la secta de Shingon en Kioto.
Les ofrecieron una guía en la que descubrieron que una vez hubo levantado otro templo, llamado Saiji o Templo del Oeste, construidos junto al Rashomon, la puerta de la capital.
Toji había sido fundada por el sacerdote Kobo Daish en el siglo octavo en nombre del emperador, y cuya principal función era proteger la nación.
La construcción más famosa del templo era la pagoda, de 57 metros de altura, la más alta de todo Japón, dividida en cinco pisos. A continuación se informaba sobre la historia de las pagodas, una evolución de las stupas indias. Debido a la altura de dichas construcciones, estas tienden a atraer los rayos, por lo que se consideraban como edificios con una gran carga espiritual. Muchas pagodas, como la de Toji, tienen en el techo un pararrayos. Este pararrayos, al que se le llama ‘finial’, tiene, además, un significado simbólico en el Budismo, por lo que a veces también se decora con diseños de flor de loto.
Las stupas indias fueron concebidas como estructuras en cuyo interior se resguardaban reliquias sagradas. En el interior de la Pagoda de Toji se podían encontrar esculturas budistas, tanto en el salón como en la sal de lectura.
Por su importancia espiritual e histórica, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad, junto a otros tesoros de la Prefectura de Kioto. Hoy es considerado un oasis de calma en el centro de Kioto.
Al salir de Toji se encontraron con una agradable sorpresa con la que no habían contado. Un gran mercadillo estaba montado alrededor del templo, los vendedores exponiendo y ofreciendo sus artículos, como ropa, zapatos, esculturas, e incluso habían paradas donde se vendía comida y plantas.
Se dedicaron a recorrer los pasillos a rebosar de gente que formaban las hileras de paradas. Todo el mundo se detenía a comprar algún detalle, y, por supuesto, Tomoyo no pudo evitar gastarse unos cuantos yenes en detalles para su madre y Sakura. Y, olvidándose de su mal humor, convenció a Touya de que comprara una escultura budista a su padre y una planta a Yukito. En una de las paradas, Tomoyo se quedó mirando una miniatura pintada por un autor desconocido. Tanto la hipnotizó la escena, que Touya no pudo contener las ganas y se la obsequió. Como recompensa, recibió un beso en la mejilla y una franca sonrisa.
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19h00- Kiyomizudera, Kioto
Kiyomizudera, o Templo de Agua Pura es el nombre de varios templos budistas, aunque en la mayor parte de los casos se refiere al Otowasan Kiyomizudera en la zona este de Kioto, fundado en 780 y asociado a la secta de Hosso.
Se enteraron, además, que el recinto sagrado de Kiyomizudera fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994 y que el templo se encontraba en la lista de candidatos a ‘Nuevas Siete Maravillas del Mundo’ propuesta por la New Open World Foundation del suizo Bernard Weber.
El templo ofrecía, según Tomoyo, una extraordinaria vista de Kioto desde su famosa terraza de madera, construida sobre la colina y sustentada por cientos de pilares.
“Una leyenda del lugar dice que si saltas por la terraza y sobrevives la caída, tu deseo se hace realidad. Según esto”, decía Touya mientras señalaba una placa “durante el periodo Edo se contabilizaron 234 saltos, de los cuales más del 85% sobrevivieron...”
“Te aseguro que yo no pienso intentarlo...”, contestó Tomoyo mientras miraba la densa vegetación que había colina abajo.
“Como si yo te fuera a dejar... ¿Qué diría tu madre si te llevara a casa con el cráneo abierto?”
Fingiendo pensárselo mucho, Tomoyo dijo:
“Que no le mancharas la alfombra de sangre...”, bromeó.
Siguieron paseando por la terraza, y salieron por una pequeña calle con tiendas de recuerdos y muchos restaurantes. En uno de los pabellones, los dos, hambrientos, se detuvieron para saborear unos deliciosos fideos.
Pasearon por el resto del complejo y observaron los edificios, la mayoría construidos en 1663, y descubrieron el santuario Jishu, dedicado a Okuninushino-Mikoto, un dios del amor. Cerca de ese templo vieron cómo las personas hacían cola para caminar con los ojos cerrados de una roca a otra. Como decía la leyenda, si lo conseguías, encontrabas el amor. Si en cambio, para conseguirlo necesitas ayuda, significaba que el amor se encontraría gracias a un intermediario.
Bajo el gran salón se halla la cascada Otowa-no-taki, en el que tres canales de agua llegan a un pozo. Tomoyo y Touya se acercaron para verlo y observaron a muchos de los visitantes recoger el agua de la cascada con copas de metal.
“El agua de esta cascada es terapéutica...”, comentó Touya. “Si bebes agua de los tres canales consigues salud, longevidad y éxito en los estudios...”
Tomoyo murmuró algo, que Touya no pudo oír. Si hubiera podido leerle los labios, habría adivinado lo que Tomoyo había susurrado: ‘Yo necesito suerte en el amor... tu amor’
“¿Qué has dicho, Tomoyo?”, preguntó Touya, deteniéndose a su lado, mirándola fijamente.
“Nada...”, miró su reloj, y después alzó la cabeza para disfrutar de la puesta de sol.
“¿Nada? No te creo...”
Inspirando profundamente, Tomoyo se giró lentamente para encararlo. Su rostro mostraba la seriedad de lo que iba a decir a continuación...
“Touya... Esta semana me lo he pasado muy contigo... Te he conocido mucho... y no puedo decir que lo que he descubierto de ti me haya desagradado... sino todo lo contrario...”, detuvo su parlamento para aclarar las ideas, y continuó. “A pesar de lo que ocurrió anoche... y esta mañana, yo... tú... me sigues gustando... Me gustas más... pero tengo la sensación que esta semana no ha hecho que tu cambiaras de opinión...”
“No es que no haya cambiado de opinión, Tomoyo, pero debes entender...”, la interrumpió Touya.
“Lo entiendo, lo entiendo... de verdad. Pero déjame que acabe antes de que me arrepiente y no diga lo que quiero decir... Hoy ha sido muy extraño, pensé que habías visto por fin algo de mí que te gustara, pero... Quizá me equivoqué al pedirte que salieras conmigo... Me precipité y ahora... Ahora no sé cómo mirarte... No sé si mirarte como el hermano mayor de mi amiga o como... como... Entiendo que tú sólo puedas verme como la mejor amiga de Sakura... Lo entiendo. Pensé que... Me equivoqué, y lo siento si te lo he hecho pasar mal estos últimos días, porque no era mi intención. Sólo espero que, al menos, te lo hayas pasado bien recorriendo medio Japón conmigo... Yo me lo he pasado muy bien... Anoche... anoche todo fue maravilloso...”, Touya abrió la boca para hablar, pero ella se lo impidió. “Fue maravilloso, y sé que te lo supliqué... Me hiciste sentir una verdadera mujer, independiente y segura de sí misma... sexy... algo que nunca antes había sentido... y no sabes cuánto te agradezco que no me rechazaras... porque entonces sí que no sé qué demonios se me habría pasado por la mente...”
Tomoyo sintió cómo los dedos de Touya se deshacían de las lágrimas que corrían por sus mejillas. Ella se abrazó a su pecho, enterrando su cara en la calidez de su cuerpo, intentando dejar de llorar. Las grandes manos de Touya le peinaban su cabello, y le acariciaban la espalda, reconfortándola.
Touya no podía decir palabra. Sólo podía pensar que Tomoyo creía que se había equivocado... Se había equivocado al decirlo que le gustaba...
Y la propia inseguridad de Touya no le permitía asegurarle a Tomoyo que nada había sido un error. Que aquella semana había sido la mejor de su vida, que había compartido los mejores momentos de esos días junto a ella, que al fin sabía lo que era el amor, que al fin sabía cómo demostrar el amor... Pensó en sus besos, en sus sonrisas, en sus caricias y en la forma en que habían hecho el amor.
¿No volvería a ocurrir?
¿Nunca más compartirían cenas en Shinjuku o comidas sentados en dos incómodas rocas mirando el paisaje?
¿Paseos por el jardín botánico o subir el Monte Fuji a caballo o darle de comer a los peces?
¿No irían a pasar algún fin de semana juntos a los balnearios de Hakone, como Tomoyo le había prometido, y a ver la puesta de sol desde lo alto de la Torre de Tokio como él había sugerido en su primera cita?
¿No volvería a hacerle el amor?
Y su corazón le gritaba que abriera la boca y le dijera que harían todas esas cosas... juntos.
Pero, como un rayo, escenas del pasado, de su relación fallida... de su primer desengaño amoroso que tanto daño le causó... ¿Y si con Tomoyo ocurría lo mismo que con Kaho y Touya no era capaz de amarla como se merecía, de demostrarle sus sentimientos y de pasar el resto de sus vidas juntos...
Sintió cómo Tomoyo se separaba de él. Ella lo miró vergonzosamente, una triste sonrisa asomándose por las comisuras de sus labios...
“Mañana te estaré esperando en el Parque Pingüino, hasta las ocho de la noche. Si a esa hora no estás allí, te prometo que no volveré a molestarte con mis estúpidas ideas y sueños ilusos de una vida perfecta juntos...”
“Tomoyo...”
“Touya, yo lo quiero todo... Pero no quiero las cosas a medias... No lo soportaría... Porque lo cierto es que te amo más que a nada en este mundo... Y lo quiero todo... o no quiero nada.”
El silencio reinó entre ellos durante unos segundos. Tomoyo se alejó de él y empezó a andar hasta la salida del templo.
“Perderemos el tren... Touya.”
Y, en los oídos del joven, aquellas últimas palabras tenían un sentido muy diferente.
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1h10- Mansión Daidouji
Dos horas de tren bala que fueron pasadas en total silencio, cada uno sumidos en sus pensamientos. Ninguno de los dos durmió, ninguno de los dos hizo nada excepto estar sentados y ver por las ventanas las luces de las ciudades que iban dejando de largo.
Para Touya aquellas luces eran Tomoyo, quien irremediablemente se estaba escapando de entre sus dedos, como la fina arena de la playa, que se escurre sin que puedas evitarlo. Si hubiera dicho esas mismas palabras...
‘Yo también te amo...’
Sonaban muy bien en su cabeza... pero no podía decirlas en voz alta.
‘Cobarde... Eres un cobarde’
Y sabía que la voz de su conciencia, que siempre había sonado como Yukito, tenía toda la razón del mundo.
Al menos tenía un día, al término del cual debería ya tener una decisión, una decisión de la que nunca se arrepintiera.
Al llegar a Tomoeda, vieron las calles vacías e inundadas en la oscuridad.
Como cada noche, Touya la acompañó hasta su casa. No había abrazos ni roces, sino incomodidad.
La puerta de la verja se abrió, y Tomoyo se giró para darle las buenas noches. En el segundo que sus ojos se encontraron con los de Touya, Tomoyo dejó caer su maleta al suelo y se puso de puntillas, uniendo sus labios con los de Touya en un beso profundo y arrollador.
El beso supo a despedida en los labios de Touya...
Cuando se separaron, Tomoyo tenía sus mejillas arreboladas y sus ojos cristalinos por las lágrimas que querían liberarse. Sus labios, teñidos de rojo por la pasión, se entreabrieron para dejar escapar sus palabras...
“Touya, no cometas un error... Por favor...”
Y se fue.
Y Touya se quedó allí parado, sintiendo aquellas palabras martillear su cabeza fuertemente.
Notas de la autora:
No pensaba añadir una escena lemon al inicio del capítulo, pero no he podido evitarlo. Supongo... perdón, SÉ que eso no os preocupa en absoluto. ¿Os ha gustado? Porque a mí me ha encantado escribirla.
Hoy es un día lluvioso en Barcelona. Son las diez y media de la noche, y yo acabo de terminar con el lemon del capítulo. Mientras tanto, tengo la radio puesta, escuchando cómo el Barça pierde ante él Chelsea en la previa de la Champions League. Hace una hora, justamente, yo llegaba a casa después de ver la película The Guardian en el cine con mi madre. Os la recomiendo, aunque seguro que algunos la habréis visto ya.
Con tanta emoción, entenderéis que, después de la película y de ver que mi equipo pierde 0-1 cuando sólo quedan dos minutos para que el árbitro señale el final del partido, me haya dado por escribir tales cosas. Si todo va bien, me pasaré las siguientes dos horas tecleando en mi ordenador para dar forma al penúltimo capítulo de esta historia. (NA: Os recuerdo que empiezo a escribir las notas a medida que escribo una escena y la termino.)
Bueno, las diez y treinta y cuatro y el FCB definitivamente ha perdido.
¿Dramática la última parte, verdad?
Debo decir que no estaba muy inspirada. Se me bloqueó el ordenador y todo le que había escrito hasta Toji se me borró, así que tuve que repetirlo, por eso mis (desgraciadamente) pocas ganas y mal humor. (Ninguna de mis historias pasa por las manos de un beta, por cierto... Aunque la verdad es que a mí me gustaría serlo... Si estáis interesados, sólo debéis pedírmelo. Ya lo hice con una autora en inglés, y creo que hice un buen trabajo... Claro que el inglés no lo domino tanto como el español o el catalán...)
Un beso de despedida... como el de TT...
¿Será el último?
Si queréis saber cómo terminar esta historia de amor, por favor dejadme un montón de reviews... A ver si llego a los cuarenta antes del próximo capítulo...
¿Alguien sabe a qué error se refiere Tomoyo cuando hablan sobre la noche anterior? Espero haber dejado suficientes pistas... A ver quién lo adivina.
¡Besos, y muchos REVIEWS!
Mery
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