diumenge, d’octubre 29, 2006

CITAS PARA TODA LA SEMANA. Cap3

CITAS PARA TODA LA SEMANA. Cap3 (30.9.06)

Disclaimer: Card Captor Sakura pertenece a Clamp. Es mío el argumento de esta historia.

Día 3: Los tres monos sabios

Miércoles 18 de junio

12h30- Casa Kinomoto

Sakura había recibido la llamada de su amiga hacía un par de minutos, y su mente iba a mil por hora a la vez que Tomoyo le explicaba los pormenores de la noche anterior. El resumen de la velada había sido escueto... pero revelador.

“¿Y sabes lo que ocurrió cuando me dejó en casa después de encontrarnos con los Li?”, le preguntaba Tomoyo a su amiga a través del auricular del aparato.

“Vale que tenga premoniciones de vez en cuando, Tomoyo... pero...”, bromeó Sakura, recordando el comentario que había hecho la tarde anterior y había animado a su amiga. Sin embargo, en esta ocasión no le serviría de mucho.

“¡Déjate de bromas, Sakura, por favor!... que no estoy de humor...”

“Lo siento... ¿qué te dijo?”

Tomoyo sabía a la perfección que las intenciones de Sakura eran buenas, y que su interés por su relación con Touya era una muestra de su preocupación... al menos hasta cierto punto, porque ella también se había dado cuenta de la ilusión que Sakura tenía de que su hermano y ella estuvieran juntos... pero a veces la sacaba de sus casillas...

Y después de la actitud que Touya mostraba hacia ella, sus comentarios la ponían de un humor insoportable...

“No me lo dijo exactamente, pero sus palabras me dejaron entrever la visión que él tenía de mí... No puedes negar que Touya me ve como si fuera su hermana... y eso me molesta mucho... ¡No sé qué hacer para que pueda verme de otra manera! Estoy haciendo todos los esfuerzos habidos y por haber con tal de que me vea como una mujer... no como una niña a la que tiene obligación de cuidar... No quiero otra niñera... He tenido muchas durante mi infancia... Lo que busco es un hombre que me quiera como una mujer...”

“Te comprendo, Tomoyo...”

“Quiero que sea Touya quien me mire como Shaoran te mira a ti...”, se oyó su suspiro a través del teléfono. “Dime, Sakura... ¿Crees que estoy deseando un imposible? Quizá debería rendirme e intentar olvidarme de él... Y, no sé... intentar... intentar encontrar a un hombre que me mire de esa forma en otra parte...”

“No creo que rendirse sea una buena elección...”

“Yo tampoco lo creo... pero no me queda otro remedio...”

“Todo tiene solución... Espera a esta noche para ver cómo van las cosas... A lo mejor Touya ha...”

“Da igual... Tienes razón... Esperaré... Y si no, me dedicaré a poner anuncios en el periódico. Por ejemplo: ‘Joven chica rica y guapa busca chico moreno, alto y con mal carácter. Si su nombre empieza por Tou y termina por Ya, mucho mejor, preferiblemente si su apellido es Kinomoto y es arquitecto. Y mayor de 25, por favor.’ ¿Qué te parece? Demasiado rebuscado, ¿quizá?”

“Creo que pocos hombros podrían contestarte...”, le dijo Sakura entre risas.

“Sólo quiero que uno en concreto me conteste, al fin y al cabo.”

“Lo sé...”, Sakura contestó tristemente. “Pero creo que el anuncio te saldría caro si te cobran por palabras...”

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12h45- Oficina Arquitectos Toukito

Touya no había podido dejar de pensar en Tomoyo en toda la noche y en toda la mañana, y maldiciendo el hecho de que su boca había actuado antes de su cerebro, y como consecuencia, no había podido experimentar de nuevo lo que se sentía cuando los suaves labios de Tomoyo hacían contacto con su piel.

Aún no entendía cómo se podía sentir de esa forma por no haber recibido un beso de despedida. Se suponía que aquella semana sería una forma para conocer a Tomoyo, demostrarle que él no sería el hombre adecuado para ella y que lo suyo no funcionaría nunca... Pero todo le estaba saliendo al revés.

Cuando la dejó en casa, Touya se dio cuenta que Tomoyo intentaba hacerlo cambiar de opinión. Y a pesar de sus negativas, a Touya cada vez le costaba menos abandonarse por completo y dejar que las cosas siguieran su curso... No le supondría ningún sacrificio perderse en el mundo que Tomoyo era... Un mundo fantástico y, como estaba descubriendo, más misterioso de lo que se había podido imaginar.

En el más profundo interior de aquella mujer joven y madura, existía una chica asustadiza e insegura de ella misma, que necesitaba amor... La confesión en el mirador sobre su infancia lo había descolocado completamente... Sabía que la relación que Tomoyo mantenía con su madre nunca había sido un camino de rosas... pero desconocía que, en lugar de rosas, el camino estaba lleno de espinas... espinas que habían dejado unas pequeñas cicatrices, que apenas se podían ver, pero que seguían sangrando.

Y a Touya le había surgido un sentimiento muy intenso en el corazón... Un intenso sentimiento de protección. Protección por Tomoyo. Tomoyo, a quien amaba desde hacía años... a quien deseaba desde lo más profundo de su ser... a quien quería cuidar por el resto de sus vidas...

¡Dios mío! Esto se le estaba yendo de las manos...

Touya sacudió su cabeza para intentar que esas ideas abandonaran su mente. Tenía que llamarla para disculparse por su inapropiado comentario de la noche anterior. Pero había un pequeño problema...

Decidió que aquel era el mejor momento para llamarla. Cogió el auricular y marcó su número de teléfono. Esperó unos segundos antes de que una voz muy familiar contestara:

“Familia Daidouji...”

“¿Tomoyo?”, preguntó Touya. “¿Eres tú?”

Tomoyo contuvo la respiración al oír su voz. Suspirando, ella contestó.

“Sí, Touya... Soy yo...”

“¿Cómo estás?”

“Muy bien... mmm...”, Tomoyo no sabía qué decir. “¿Y tú...?”

“Oye, Tomoyo... Siento mucho lo que te dije anoche... No era mi intención molestarte... No quería que creyeras que...”

“Touya...” le interrumpió la muchacha. “Disculpas aceptadas... Lo que te dije... quería dejar las cosas claras desde el principio... Si no estás realmente interesado en una relación... conmigo...”, Tomoyo hizo una pausa para poner en orden su cabeza. “Si no quieres salir más conmigo, dímelo... Y así nos ahorraremos pasar un mal rato... A mí me ahorrarías un disgusto...”, pidió tristemente.

“En ningún momento he querido dar la impresión que no quería salir contigo, Tomoyo... porque me lo he pasado muy bien estos dos días... Y me gustaría seguir saliendo esta semana... Si te soy sincero, no sé lo que va a pasar en un futuro... si tu y yo podríamos ser pareja... Si ni siquiera sé lo que voy a hacer mañana...”, añadió con una leve sonrisa. “Pero sí que sé lo que vamos a hacer esta tarde, aunque tú vas a quedarte con las ganas de saberlo hasta que quedemos... ¿a las cuatro y media en tu casa? Te pasaré a buscar...”

La sonrisa de Tomoyo, pudo sentir Touya, pero no verla, se ensanchó, iluminando su bello rostro.

“Está bien... A las cuatro y media aquí...”

“Pero tengo una mala noticia... Esta noche tengo una reunión con uno de mis clientes en Shinjuku... Me ha invitado a cenar... Me preguntaba si querrías venir conmigo...”

“¿Una cena con unos clientes?”, preguntó dudosa. “¿No sería mejor si estuvierais solos para poder hablar sobre negocios?”

“La verdad es que todo forma parte de su chantaje... Ya te explicaré... Me aburriría mucho si estuviera solo con él... Prefiero tu compañía.”, comentó Touya en un susurro, pero su voz era de lo más sincera.

“Acepto...”

“Perfecto... Pasaré por ti en pocas horas...”

“Hasta entonces”

“Hasta luego...”

Touya colgó el teléfono sintiéndose más tranquilo. Esperaba que, después de esa noche, Tomoyo se diera cuenta de que sentía algo por ella. Estaba decidido...

Costara lo que costara, Touya iba a demostrarle a Tomoyo que, a pesar de lo que había dicho mil veces, ella era... ella. La única mujer que podía hacerlo sentir tan... romántico. Esa era la palabra.

Su imaginación se vio interrumpida cuando Yukito entró en su despacho para ir a comer.

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16h30- Mansión Daidouji

Puntual, como siempre, Touya tocó el timbre. Esperó unos segundos antes de que la criada abriera la puerta, permitiéndole entrar en la casa y dirigiéndolo hasta el salón.

“Voy a avisar a la señorita Daidouji de que ya a llegado, señor Kinomoto.”, le anunció.

Se sentó en un sofá de color berenjena, muy cómodo. Mientras esperaba, miró por la ventana, fijándose en el precioso jardín que se veía a través de ella. De repente, oyó que unos pasos se dirigían hasta la sala. La puerta se abrió, y Touya se sorprendió al ver a Sonomi Daidouji aparecer por la puerta.

Una mueca de desagrado se instaló cómodamente en la cara de la empresaria, como si fuera su hogar habitual. Aquella mujer, pensó Touya, seguramente no habría reído en años. Ahora entendía lo que Tomoyo le había contado en el mirador... La presencia de su madre era... demasiado dominante, poco agradable y muy intrigante. No se podía saber qué pasaba por la cabeza de la mujer, y nadie se atrevería a preguntárselo.

“Buenos días... Touya...”, saludó la señora Daidouji con una mirada penetrante que le erizó la piel.

“Buenos días... señora Daidouji.”, contestó Touya con una pequeña reverencia.

“No sabía que tú y mi hija fuerais pareja.”, dijo Sonomi, quien parecía muy enfadada.

“Oficialmente, señora Daidouji, no lo somos.”

“Mejor... Quiero lo mejor para mi hija...”

“Y yo ya tengo edad suficiente como para saber lo que es mejor para mí... mamá.”, dijo tajante la voz de Tomoyo desde la puerta. La mirada de Tomoyo sólo se dulcificó cuando Touya le dirigió una sonrisa. “¿Nos vamos?”, dijo con una sonrisa tensa, estirando su brazo para que Touya le cogiera de la mano, señalándole con sus ojitos violáceos que quería marcharse inmediatamente.

Touya, por supuesto, cumplió sus deseos, y agarrándola suavemente, despidiéndose torpemente de la madre de su cita, se la llevó hasta la puerta.

“¿Adónde nos vamos?”, preguntó Tomoyo, intentando iniciar una conversación.

“¿Has estado alguna vez en Nikko?”

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17h30

Touya y Tomoyo habían cogido el tren de la línea JR Nikko de las cinco menos cuarto en la estación de Tomoeda. Media hora después estaban en la pequeña población de Nikko, en las cercanías de Tokio. Touya la llevó hasta la estación de Tobu Nikko, donde tomaron un autobús hasta Hanaishi-cho. Caminaron un par de minutos y se encontraron en las puertas del Jardín Botánico de Nikko.

Pagaron las entradas, unos 330 yenes cada uno, y entraron, los dos juntos, con el brazo de Tomoyo agarrando fuertemente el de Touya.

Pasearon tranquilamente por el parque, observando las miles de especies de plantas, arbustos y árboles que allí había.

“En este parque se hallan colecciones de plantas de las zonas templadas y alpinas de Japón... Hay albergadas unas 2200 especies... Todas ellas agrupadas en diversas colecciones...”, empezó a decir Touya, mientras observaba detenidamente.

Se pararon enfrente de un gran árbol, disfrutando de la sombra.

“Una de las colecciones que más me gusta es la de los helechos...”, sonrió Touya, tomándola de la mano para mostrarle algunas de estas plantas que estaban cerca. “Son plantas muy simples, pero su sencillez siempre me ha fascinado. En este parque hay alrededor de sesenta especies de esta planta, y provienen de las regiones templadas de Japón... y si te fijas siempre se encuentran bajo la sombra de los árboles...”

Tomoyo lo miraba extasiada... ¿Cómo podía saber tanto?

Sin saberlo, había hecho esa pregunta en voz alta.

Touya le sonrió complacido.

“Yukito tiene la culpa... Una de sus asignaturas en la universidad estaba relacionada con la decoración de interiores con plantas... Y para un trabajo, me hizo venir aquí con él... Yo me quedé cerca del guía, que iba explicándolo todo, mientras Yukito dibujaba la silueta de algunas plantas... y Nakuru iba saltando de un lado a otro gritando qué bonito era todo...”

Tomoyo no reprimió su carcajada, apretujando con fuerza su mano.

“Me la imagino...”

Siguieron caminando por un estrecho camino de arena hasta que llegaron a una zona apartada del resto, muy diferente a lo que Tomoyo había visto hasta ese momento.

“El jardín de los pantanos...”, dijo Touya mirando a su alrededor.

El jardín de los pantanos estaba situado en la parte de atrás del Jardín Botánico y tenía varios estanques. Vieron muchos nenúfares que flotaban sobre el agua, algunos que medían casi dos metros de diámetro. A la orilla de los charcos habían muchas plantas acuáticas.

“Esto es precioso...”, dijo Tomoyo en un susurro, mientras giraba su cuerpo a la vez que miraba el cielo. Los rayos del sol se perdían entre las ramas de los árboles centenarios, pero siempre había alguno que se colaba y se reflejaba en las aguas cristalinas.

“Este jardín fue abierto a principios del siglo XX, pero no estaba situado en este emplazamiento. La localización se trasladó unos diez años después de su apertura. ¿Sabías que la Universidad de Tokio utiliza este parque para la investigación y el estudio de plantas?”

“¿En serio? No tenía ni idea...”

“El emperador Taisho caminaba por estos mismos senderos cuando veraneaba en Nikko... Y decidió crear un jardín, que después se añadió al Jardín Botánico a mediados del siglo pasado.”

“Siento repetirme, pero... ¿cómo sabes tanto?”, preguntó Tomoyo de nuevo.

“Mientras Yukito estaba interesado por las plantas de este parque... yo estaba interesado con los edificios de la ciudad de Nikko... ¿Quieres ir a verla?”

“Por supuesto...”

Quince minutos después volvían a la estación y cogieron un autobús para volver a Nikko. Esta población era considerada el centro religioso de Japón.

Touya la llevó hasta el santuario Toshugu, la principal atracción del pueblo.

“Está dedicado al espíritu de Ieyasu, el fundador de Tokugawa Shogunate, una dinastía militar que dirigió Japón desde principios del siglo XVII hasta mediados del XIX. Este recinto fue construido por su hijo, Iemitsu, para demostrar la potencia y la riqueza de su clan. En la construcción trabajaron alrededor de quince mil artesanos durante dos años.

“Si te fijas, este santuario es muy diferente a otros templos sintoístas, que se caracterizan por su arquitectura minimalista que se confunde con sus alrededores... El templo Toshogu, en cambio, es una explosión de colores, de oro y de relieves, con pájaros y flores. Se ven algunos elementos budistas. Por ejemplo, aquella pagoda roja y dorada”, dijo Touya, dándose la vuelta para verlo. “Es un arte muy recargado puesto que pretende impresionar a los visitantes, demostrando su poder. Parece más chino que japonés.”, comentó. “El mausoleo es mucho más simple... No hay tanta decoración...”

En los establos del templo pudieron ver un precioso caballo blanco, propiedad del emperador.

“¿Qué es eso?” preguntó Tomoyo señalando tres figuras que había en la cornisa del edificio.

“¿Esos monos?”, preguntó Touya, riéndose.

“Es verdad que son monos... Son muy graciosos”, añadió riéndose

“Se denominan ‘Los tres monos sabios’. Símbolos de la ciudad de Nikko. Cada uno está esculpido en diferentes gestos: uno no ve, uno no escucha, uno no habla... Y estas expresiones se reflejan al taparse los ojos, las orejas y la boca, respectivamente... Estas figuras nos instan a no hacer caso a las influencias malignas que nos rodean.”

Entraron al templo para ver el edificio del Dragón Rugiente, una pintura de un dragón pintada en el techo. De repente, mientras lo estaban observando, un hombre se acercó a la pintura con un par de pequeñas barras de madera, rezó una oración e hizo chocar las barras. Se suponía que la reverberación de las ondas en las paredes producía un sonido que se asemejaba al rugido de un dragón. También visitaron la tumba de Ieyasu.

Se marcharon del templo de Toshogu para caminar hasta el centro del pueblo. Por el camino se encontraron con un puente rojo que se alzaba sobre el río Daiya, que separaba el centro religioso del pueblo.

“¡Qué bonito!”

“¿Te gusta? Es el Puente Sagrado, o Shinkyo... Durante la época feudal, sólo el emperador podía utilizarlo...”

“El emperador y sus locuras...”, murmuró Tomoyo.

“Eso me suena a película de dibujos animados.”

“¡Lo es!”, exclamó Tomoyo. Ambos se rieron.

Por el camino que seguía el curso del río, se detuvieron cerca de una de las cascadas, mojándose un poco al acercarse a la orilla del río. Tomoyo, de repente, dejó escapar un grito de sorpresa al ver un banco de peces, muy grandes y de color naranja, que se iban aproximando. A Touya se le ocurrió sacar uno de los bocadillos que habían comprado en la estación, arrancó un trozo de pan y se lo ofreció a los peces. Uno de ellos se acercó sin temor a su mano, y empezó a mordisquear el pan, provocando cosquillas en las yemas de sus dedos.

Tomoyo también quiso darles de comer, por lo que hizo lo mismo que Touya. Se acercó con su trozo en una mano, y se agachó cerca de Touya, tan cerca que sentía en calor que su cuerpo despedía. Así se quedaron unos minutos, disfrutando de su compañía, y de la compañía de los enormes peces.

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22h00- Tokio

Después de una agradable cita en Nikko, Tomoyo y Touya regresaron, esta vez a Tokio, donde el joven arquitecto debía reunirse con uno de sus clientes.

El restaurante había sido elegido por el señor Tichigama, que era un gran conocedor de los restaurantes de la ciudad, de ahí que, si te invitaba a comer, uno nunca se podía negar.

“Ese hombre sabe perfectamente en que restaurante te van a servir los platos más deliciosos, de grandes raciones y con un precio asequible. Siempre me había invitado a desayunar... Es la primera vez que me invita... nos invita... a cenar.”

“¿Qué era eso del chantaje?”

“El señor Tichigama es rico, ambicioso, y sin escrúpulos. Así que necesita recurrir a ciertos estratagemas para que yo acceda a construir a pesar de que faltan ciertos permisos muy importantes para hacerlo... Yo me he negado todas las veces... y creo que esta noche, con la cena, va a tratar de convencerme de nuevo...”

“La pregunta es... ¿lo conseguirá?”

“No...”

“Lo dices muy seguro.”, dijo Tomoyo.

“Soy un hombre decente, un arquitecto decente... No puedo aprobar una construcción a menos que todos los papeles estén en regla...”

“Me alegra saber lo decente que eres... ¿Por qué me has traído?”, preguntó interesada.

“No lo sé... pensé que te gustaría venir... Y así conocerías un poco más sobre mi mundo...”

“Estoy segura que así será... ¿Adónde vamos?”

“Estamos en Shinjuku... Y vamos a ir a un restaurante muy escondido... e íntimo...”, dijo juguetón, una faceta de Touya que a Tomoyo le fascinó. “Es una pena que tengamos que disfrutar del señor Tichigama...”

Quince minutos después, los dos estaban sentados en una de las mesas de un restaurante de pinchitos de pollo de uno de los callejones de Shinjuku junto al señor Tichigama y sus socios. El olor a comida que Tomoyo recibió cuando entraron en el callejón le nubló los sentidos. El aroma de las especias se combinó en una fragancia picante, que le hizo cosquillas en su nariz. Pero también olió una fragancia masculina, también picante, que no tenía nada que ver con la comida. Tomoyo tenía muchas ganas de descubrir qué colonia utilizaba Touya... A lo mejor podría regalarle un frasco en su cumpleaños...

Tomoyo conoció al señor Tichigama al fin. Parecía un hombre afable, pero detrás de esa apariencia podía ver que en sus ojos se adivinaba aquella chispa de ambición de la que Touya tanto le había advertido.

La cena transcurrió tranquila hasta que llegó el sake. Tomoyo no quiso probarlo, pero el señor Tichigama le sirvió una copa. Tomoyo lo probó, mirando a Touya, quien estaba bebiendo su segunda copa.

“Menos mal que ninguno tiene que conducir”, le susurró Touya en el oído, provocándole un escalofrío que fácilmente había disimulado por el consumo del fuerte licor.

Cuatro copas del señor Tichigama más tarde, Tomoyo empezó a sentirse incómoda ante la presencia de ese hombre. Sus miradas hacia su busto se habían vuelto descaradas. No se había dado cuenta hasta que fue demasiado tarde que el señor Tichigama se había acercado peligrosamente a ella. Sin embargo, Touya estaba allí para salvarla. Mareada por el sake, y por las insinuaciones del señor Tichigama que tanto la molestaban, se acercó al cuerpo de Touya, y colocó su mano sobre su brazo, acariciándolo suavemente. Touya la miró y le sonrió, transmitiendo su misma preocupación. De pronto, el brazo que había estado acariciando se lo encontró alrededor de sus hombros, aproximándola más a él, dejando claro a su cliente y sus socios que Tomoyo era suya, un sentimiento de protección y de posesión que, a Tomoyo, le encantó.

“Ya soy mayorcita”, le susurró, el cálido aliento chocando con él.

“Y él está borracho...”

“Es un hombre maduro... y tiene autocontrol... O eso creía...”, dijo con una sonrisilla, mientras se abrazaba más a Touya.

“Es un pervertido.”, bufó el arquitecto, enojado.

“¿Y cómo demonios lo sabes?”, preguntó, mirándole a los ojos, para después dirigir su mirada a su boca. Su aliento olía a alcohol. Y eso excitó a la joven, quien se mordió los labios para evitar que un gemido se escapara de entre sus labios. ¿Dónde se habían ido sus inhibiciones?

“Ya te habrás fijado en que ha estado mirándote el escote casi toda la noche, ha estado babeando por tocarte... Y no pienso consentirlo...”, dijo apasionadamente, sus labios muy cerca de los de Tomoyo.

“¿Y por qué no se lo vas a consentir?”

“Porque eres mía... Mi cita...”, corrigió. “Y ese vestido...”, gruñó, “... te queda demasiado bien”

Tomoyo soltó una carcajada y se abrazó a Touya, rodeándolo con ambos brazos por su torso, escondiendo su rostro en el cuello del hombre. De paso, pensó Tomoyo, dejaba claro al señor Tichigama que sólo le interesaba un hombre... y ese era Touya.

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2h00- Mansión Daidouji

A Tomoyo la cabeza le daba vueltas...

“He bebido demasiado sake...”, dijo, abrazándose aún más a su fornido acompañante.

“Has bebido demasiado sake...”, afirmó Touya, asintiendo con la cabeza repetidamente.

“Tú también...”, se carcajeó la joven. “Me ha encantado... Hoy ha sido... Ha sido genial... Gracias, Touya, muchas gracias.”

“No hay de qué”, contestó Touya, acercándose a ella para abrazarla por la cintura, para besarla en la frente.

Tomoyo no estaba contenta con ese beso, así que, aún con los brazos en su cintura, Tomoyo alzó su rostro hasta el de Touya. Sus labios dieron con su barbilla, rozándola ligeramente con sus labios, dejando el calor de su aliento chocar contra su piel.

Pero Tomoyo se sentía atrevida... Abrió sus labios, y, después de lamer la masculina piel con su lengua, le mordisqueó la barbilla seductoramente.

Las manos de Touya habían bajado hasta sus caderas, enredando sus piernas con las de ella, empujándola hasta que su cuerpo quedó completamente unido al suyo.

Tomoyo subió sus labios, y dio con los de Touya...

Notas de la autora:
No tengo ni idea si en el parque botánico tiene los nenúfares, pero puedo aseguraros que los nenúfares de casi dos metros de diámetros sí que existen. No sé dónde se encuentran.
¿Qué os ha parecido este capítulo?
La ciudad de Nikko se encuentra, en realidad, a casi dos horas de Tokio. Lo que ocurre es que los trenes de las líneas japonesas son muy rápidas... Jajaja... El Parque Botánico existe, al igual que los edificios que he incluido. El puente, si estáis interesados, podéis buscar una foto por la red. Es realmente precioso. ¡Los peces también son reales! Aunque desconozco si son tan dóciles como he descrito en el fic.
La tumba... No había mucho que decir... Así que no he comentado mucho más.
El callejón de Shinjuku... He visto un par de fotos, y parece un lugar muy exótico, con todos los restaurantes apretados, los carteles unos al lado del otro...
El sake es una mala influencia en el cuerpo de una joven inocente como Tomoyo... ¿cómo les habrá afectado tal avance en su relación?
Si quieres descubrirlo pronto... REVIEW!!!!!!!
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Muchas gracias por todos aquellos comentarios que me habéis enviado.
Besos,
Mery